Un local, de ambiente


Autor: Rafael Carvajal | Fecha: 13 febrero, 2018

El encuentro.

Cuando llego, a eso de las 17:30 horas, el ambiente parecía calmado, como a mi me gusta encontrarlo. El ruido me molesta horrores, sobretodo si es de esos que parecen incontrolables a bote pronto.

Dos personas, un hombre y una mujer, en la parte izquierda de la sala. Ocupan la segunda mesa, a contar desde la puerta de entrada. Uno frente al otro. Son de la tercera edad, como se suele decir a los que aparentan más de 60 años, aunque no los tengan, todavía.

Su aspecto es como de ir o venir de una fiesta, aunque no es festivo en la zona. Quizá hayan celebrado algo, juntos o separados. Su aspecto, por la vestimenta y los abalorios de ella, a mi me da que son de celebración. Hay personas que les gusta esto de llevar colgantes, buenos o malos, como parte de su decoración. En fin, como dice el dicho, para gustos colores.

Escogiendo mi lugar más apropiado

Me siento justo en la mesa siguiente a la de la pareja de la tercera edad. Mi intención era leer un rato. Me pido un cafetito con leche desnatada y cortito de café. Cortito como yo !!! añado al camarero, siempre, cuando le hago el pedido. Me aposento en el lugar escogido. La mesa dispone de cuatro sillas a su alrededor, y mi trasero ocupa la que está más apegada a la pared. Será por eso de estar más arropado, por el frío de este invierno prematuro. Y ahí despliego mi libro de lectura, bloc para notas y pluma para escribir. Es una delicia escribir con pluma. Me gusta.

Cuando entré al local escuchaba auriculares puestos, un programa de radio de esos de media tarde que utilizan para entretener o hipnotizar al personal. Cuentan cosas que si uno se duerme no pierde nada de interés. Apago la radio del móvil, aunque me dejo los auriculares, sin percatarme de ello. Será que no tenía ganas de escuchar la conversación de los vecinos de la mesa de al lado.

Las dos voces cogen fuerza.

Al principio parecían bromas. Palabras mal sonantes y en un tono despectivo. El ambiente se tornaba rojizo. Mujer y hombre frente a frente, aunque en diagonal. Ocupando ella la silla derecha y el la silla derecha también.Enfrentados. Les separaban la mesa, y los platos y vasos que utilizaban en esos momentos para comer y beber. Mientras se lanzaban dardos hirientes el uno al otro, en ambas direcciones.

Parece que en un lugar público es más fácil sacar los trapos sucios. El control del uno sobre el otro lo ejerce el público que sin saberlo, hace de figurante en esta obra de teatro improvisada. Los figurantes, pasan, miran, se miran, cuchichean, a veces se ríen, incluso hacen algún gesto como diciendo ¡¡¡ a ver como acaba esto !!!

De menos a más.

De todo menos bonito o bonita, es lo que sale de sus bocas con lenguas de fuego. Si se pudiera poner fecha a los recuerdos. A esos recuerdos que guardamos porque los usaremos cuando llegue la ocasión más apropiada. A esos que nos hicieron tanto daño, hirieron, nos mataron de alguna manera. Si pudiéramos ver esas fechas escritas en las palabras guardadas.

Se gritan de hijos, de vicios, de faltas, sobretodo de faltas. De esas cosas que a todos nos hubiera gustado que fuesen de una manera y fueron de otra, un poco o muy diferente, que para el caso da igual. De esas cosas que nos dejaron insatisfechos, sin caer en que un pensamiento insatisfecho buscará su recompensa continuamente, pues así se dejó grabado ese día en el que eso pudo ocurrir u ocurrió.

Las olas se renuevan constantemente.

Padres y sus hijos pequeños hacen acto de presente en el local. Toca merienda. El local es cómodo y amable para este tipo de encuentros, en los que los peques pueden correr de aquí para allá sin más riesgo que una caída o un coscorrón con algún pico de las mesas. Riesgo controlado. Sin más.

Las voces de estas olas renovadas acaban tapando a las voces de la tercera edad, como por arte de magia. La juventud al poder, y yo que estoy en modo observador, me asombra esta solución al ruido molesto. Y los niños corretean, y se suben a las sillas gateando. De vez en cuando buscan a papá o a mamá para que les den bebida y comida y siguen en su juego, totalmente distraídos de las historias de los mayores, y también de los más mayores que los mayores, esos que se suelen llamar de la tercera edad.

El ambiente comienza a relajarse.

La pareja que discutía abiertamente decide salir a la terraza, al exterior, pues el hombre le decía a ella que quería fumar. No encontraba el tabaco, a lo que la mujer le reprocha que ¡¡¡ lo habrás regalado a alguien por ahí !!! Y digo yo, como si eso fuese pecado, ir haciendo regalos. El caso es encontrar el fallo en el otro, como si de una relación entre políticos de partidos distintos en época de elecciones se tratara. Y todo, para ocupar un espacio en la misma cama horas después. Supuestamente.

Salieron a la terraza y no los volví a ver en el rato que aún estuve con mi café con leche, ya verdaderamente frío y poco agradable de tomar. Se me fue el tiempo en la observación. Los niños seguían en su campo de batalla, en su jardín de las delicias, en su universo del placer, a sus anchas, en su mundo feliz.

Recuerdo que al entrar en el local, había dos personas sentadas en la segunda mesa, una mujer y un hombre. No recuerdo nada más. Recuerdo también que en ese mismo local corrían las risas, corrían los niños y corría la luz del atardecer de un día cualquiera de otoño. Luna llena.

En realidad no me perdí nada de lo visto.

Bendiciones,

 

Rafael Carvajal

 

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