Jesús como nuestro compañero, hermano y amigo

Jesús como nuestro compañero, hermano y amigo

Lo que nosotros conocemos como “Jesús” no es real, pero el Espíritu Santo lo ha tomado como símbolo para ayudarnos a despertar. Así que, por ahora, para nosotros, Jesús es muy importante, no porque su personaje en sí lo sea, sino porque, independiente del nombre o símbolo que le otorguemos, representa la mano hermana que nos guía hacia más allá del sueño. Y al final, cuando despertemos, veremos que no había ni Jesús ni Espíritu Santo, sino sólo el eterno Amor de Dios, donde estamos todos contenidos cual Uno solo. Aunque, por el momento, mientras sigamos dormidos, Jesús nos “acompañará” dulcemente en nuestro camino de retorno al Padre, con infinita paciencia y bondad.

Él representa para nosotros un hermano que no nos juzga ni condena, pues sabe que no hay nada que condenar en el santo Hijo de Dios. Nos mira con enorme ternura y nos alienta a seguir perdonando. Así que ese es el ejemplo que nos da hoy, incluso sin una figura palpable o visible: un amor paciente y dispuesto, que no ve pecado en la perfecta creación de su Padre. Y siguiendo su ejemplo es como nos salvamos; viendo inocencia en nuestros hermanos es como despertamos.

Citaré dos pasajes donde Jesús hace referencia a que él nos acompañará fielmente. El primero es justo al final del Epílogo del Libro de Ejercicios donde nos habla del amor que el Espíritu Santo tiene por nosotros, y de que, al igual que el Espíritu Santo, él jamás nos dejará solos:

“Él ama al Hijo de Dios tal como nosotros queremos amarlo. Y nos enseña cómo contemplarlo a través de Sus ojos y a amarlo tal como Él lo ama. No caminas solo. Los ángeles de Dios revolotean a tu alrededor, muy cerca de ti. Su Amor te rodea, y de esto puedes estar seguro: yo nunca te dejaré desamparado.”

(L-Ep.6.4-7).

El segundo pasaje es de la sección “Enseñanza y curación”, donde nos habla del papel que debemos cumplir nosotros con nuestros hermanos, siguiendo el ejemplo del Espíritu Santo, y que, igualmente, él estará ahí para nosotros:

“El Espíritu Santo expía en todos nosotros deshaciendo y de esta manera te libera de la carga que le has impuesto a tu mente. Al seguir al Espíritu Santo se te conduce de regreso a Dios, que es donde te corresponde estar. Mas ¿cómo podrías encontrar el camino que conduce a Él sino llevando a tu hermano contigo? Mi papel en la Expiación no concluirá hasta que no te unas a ella y se la ofrezcas a otros. Lo que enseñes es lo que aprenderás. Nunca te dejaré desamparado ni te abandonaré porque hacer eso sería abandonarme a mí mismo y abandonar a Dios que me creó. Abandonas a Dios y te abandonas a ti mismo cuando abandonas a cualquiera de tus hermanos. Tienes que aprender a verlos tal como son, y entender que le pertenecen a Dios al igual que tú. ¿De qué mejor manera puedes tratar a tu hermano que dándole a Dios lo que es de Dios?”

(T-5-IV.6).

Así que perdonando a nuestros hermanos es como deshacemos nuestra propia culpa inconsciente, la que, como sabemos, es una ilusión de culpa, y no una culpa real. Sólo las ilusiones se pueden deshacer. Lo real es eterno en inmutable.

Las ilusiones son ilusiones. La verdad es verdad.

Los sueños pueden reflejar la realidad, pero jamás serán la realidad, ya que en el Cielo los símbolos no se necesitan, pues ahí todo es Uno, y todo es lo que Es, sin necesidad de una representación o antesala. En el Cielo no se requiere una introducción ni explicación; no hay aprendizaje, crecimiento ni evolución. Sólo está el eterno Amor de Dios, y Su Hijo está contenido en Él. Por más que una figura del sueño simbolice o refleje el Amor de Dios, nada en el mundo de la percepción podría corresponder al Conocimiento, pues en éste las imágenes o palabras no tienen cabida.

Podríamos fácilmente preguntarnos: «Si Jesús es una ilusión, ¿quién me está enseñando? ¿Quién habla en Un Curso de Milagros? Y ¿cómo puede una ilusión salvarme de mis demás ilusiones?». La respuesta es más fácil de lo que parece. Puesto que el problema de la separación jamás ocurrió en verdad, no requiere una solución real. El problema en verdad fue que nos tomamos en serio una “diminuta y alocada idea” (T-27-VIII-6:2). Jamás se cometió pecado alguno, y nuestro desquiciado deseo de ser el “padre” de nuestro Padre nunca tuvo lugar en el Cielo. Es sólo en sueños donde parece ocurrir todo el conflicto del Hijo con su Padre, lo que es de principio a fin una alucinación en nuestra mente y nada más. Y que, incluso, ya acabó hace mucho tiempo.

“En el instante en que la idea de la separación se introdujo en la mente del Hijo de Dios, en ese mismo instante Dios dio Su Respuesta. En el tiempo esto ocurrió hace mucho. En la realidad, nunca ocurrió.”

(M-2.2:6-8).

Pero no debemos subestimar cuán arraigada está en nuestra mente la creencia de que lo ilusorio es verdad. Esta creencia no nació al azar ni involuntariamente, sino que es nuestro propio deseo voluntario de estar separados y de “existir” como entes individuales e independientes de Dios. Lo cual es totalmente imposible. Sin embargo, seguimos eligiendo en favor de las mentiras en el presente, dado que aún creemos estar aquí en el mundo. No debemos negar que estamos locos, durmiendo, teniendo un sueño de algo que jamás ocurrió. Y, si bien es imposible la separación, nosotros aún tenemos mucho apego a aquello que no existe, y mucha resistencia a abandonar el sueño y aceptar la simple verdad. Nuestros sentimientos de victimismo, dolor y odio dan prueba de nuestra gran resistencia a la perfecta Unicidad del Padre.

“Este ínfimo instante que deseas conservar y hacer eterno, se extinguió tan fugazmente en el Cielo que ni siquiera se notó. Lo que desapareció tan rápidamente que no pudo afectar el conocimiento del Hijo de Dios, no puede estar aún ahí para que lo puedas elegir como maestro. Sólo en el pasado —un pasado inmemorial, demasiado breve como para poder erigir un mundo en respuesta a la creación— pareció surgir este mundo. Ocurrió hace tanto tiempo y por un intervalo tan breve que no se perdió ni una sola nota del himno celestial. Sin embargo, en cada acto o pensamiento que aún no hayas perdonado, en cada juicio y en cada creencia en el pecado, se evoca ese instante, como si se pudiese volver a reconstruir en el tiempo. Lo que tienes ante tus ojos es una memoria ancestral. Y quien vive sólo de recuerdos no puede saber dónde se encuentra.”

(T-26-V-5).

La decisión de Jesús.

Lo más importante de Jesús no fue su cuerpo, ni sus actos. Ni siquiera sus palabras. Lo más importante es lo que representaba, o, más bien, lo que decidió representar: La Respuesta; el Espíritu Santo. Así que, puesto que Jesús —como tomador de decisiones—, eligió oír una sola Voz, también se transformó en la manifestación de Aquella Voz. Y eso es lo que nos viene a enseñar con su curso: a ser también la manifestación del Espíritu Santo. Mientras estemos soñando, tenemos un poder de elección. Esto es el milagro. De modo que Jesús vendría a ser un milagro para nosotros. Pero debemos recordar que no es su personaje, su historia o lo que hizo con su cuerpo lo que es un milagro, sino su mente: su decisión en favor de la verdad.

La ilusión que deshace las demás ilusiones.

Jesús es una ilusión, pero, al igual que el perdón y el milagro, es una ilusión que apunta hacia más allá de todas las ilusiones, en lugar de sustentarlas. Pero cuando hablamos de que Jesús es la ilusión de corrección, nuevamente, no estamos hablando de él como personaje histórico, sino como el símbolo de la Alternativa al ego, y que cumple la misma función que el Espíritu Santo, al haber trascendido totalmente el ego, pues lo único que hay en su mente es la Voz que habla por Dios. Así que, por ejemplo, cuando hablamos de tomarle la mano a Jesús, estamos hablando de una metáfora que se refiere a aceptar su sistema de pensamiento correctivo en nuestra mente; hacernos a un lado y permitir que sea él quien piense a través de nosotros. Entonces hablamos de irnos a él en el nivel de la mente.

“No enseñes que mi muerte fue en vano. Más bien, enseña que no morí, demostrando que vivo en ti.”

(T-11.VI.7:3,4).

Cuando Jesús nos pide que demostremos que él vive en nosotros no se refiere a que convirtamos el agua en vino ni que caminemos sobre el agua, sino que pensemos tal como él lo hace. En otras palabras, nos está pidiendo que aceptemos la Expiación para nosotros mismos; la corrección del Espíritu Santo en nuestra mente, así como él lo hizo. Y ciertamente lo hizo a la perfección en lo referente a perdonar y deshacer la culpa inconsciente.

Escrito por Itsaro Suitt

Jesús, la voz de Un Curso de Milagros

25 marzo, 2021

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