La relación especial con Jesús según Wapnick


Autor: Kennet Wapnick | Fecha: 8 noviembre, 2016

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Capitulo 15 completo de El perdón y Jesús de Kenneth Wapnick

Si te interesa leer más sobre “El Perdón y Jesús” puedes leer este articulo.

¿Quién es Jesús?

Los dos obstáculos primordiales acerca del conocimiento de quién es Jesús, los constituyen nuestros errores familiares de las relaciones especiales de amor y de odio. La primera de ellas la comentaremos en esta sección.

En las relaciones de amor especial, procuramos idolatrar a las personas que hemos escogido para que sean nuestras compañeras de amor especial, y las ponemos en un pedestal. Al hacer esto, nos elevamos inconscientemente a nosotros mismos: qué buenos tenemos que ser si nos asociamos con alguien tan especial, y cuánto más especiales nos volveremos puesto que en la base del pedestal están escritas las palabras: El Unigénito de Dios. En un nivel más profundo también estamos desvalorizándonos a nosotros mismos. En el lenguaje del cristianismo tradicional, a Jesús se le identificaba exclusivamente con el Cristo: la Segunda Persona de la Trinidad. Él es el único Hijo de Dios, mientras que nosotros somos hijos adoptivos. San Pablo impartió en esta enseñanza su más clara expresión: “Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva” (Ga 4:4-5); y “[Dios determinó] de antemano [elegirnos] para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1:5-6).

Al elevar a Jesús a una posición igual a la de Dios, los cristianos negaron su más extraordinaria contribución: que lo que él hizo nosotros también podríamos hacerlo. Negar su igualdad con nosotros descarta que lo utilicemos como modelo de aprendizaje. Al haber nacido divino, Jesús tuvo una“ventaja inicial” o una ventaja injusta, por decirlo así. Esto es lo que nos dice el Curso en un pasaje que ya hemos citado parcialmente:

El nombre de Jesús es el nombre de uno que, siendo hombre, vio la faz de Cristo [el símbolo del perdón] en todos sus hermanos y recordó a Dios. Al identificarse con Cristo, dejó de ser un hombre y se volvió uno con Dios… En su completa identificación con el Cristo, el perfecto Hijo de Dios… Jesús se convirtió en lo que todos vosotros no podéis sino ser. Mostró el camino para que le siguieras. Él te conduce de regreso a Dios porque vio el camino ante sí y lo siguió… ¿Es él el Cristo? Por supuesto que sí, junto contigo (C-5.2:1-2; 3:1-3; 5:1-2).

Así, Jesús es el que primero completó el camino de su Expiación. Lo inició con nosotros, creyendo en la realidad del mundo de separación del ego. Ahora, después de haber aprendido su lección perfecta y totalmente, vuelve para ayudarnos a recorrer el camino del perdón tal como él lo recorrió. En el Curso, nos pide que pensemos en él como en un hermano mayor, que “merece respeto por su mayor experiencia, y obediencia por su mayor sabiduría… merece ser amado por ser un hermano, y devoción si es devoto” (T-1.II.3:7-8). Pero no pide temor reverencial: “Los que son iguales no deben sentir reverencia los unos por los otros, pues la reverencia implica desigualdad. Por consiguiente, no es una reacción apropiada hacia mí ” (T-1.II.3:5-6). Cuando recalca su igualdad con nosotros, Jesús añade:

“No hay nada con respecto a mí que tú no puedas alcanzar. No tengo nada que no proceda de Dios. La diferencia entre nosotros por ahora estriba en que no tengo nada más” (T-1.II.3:10-12).

Cada uno llega a este mundo con dos nombres: el nombre que se nos da, asociado con el cuerpo, y Cristo, el Nombre que Dios nos otorgó en la creación. Como afirma el libro de ejercicios: “El Nombre de Dios es mi herencia” (L-pI.184). Al trascender su identidad como ego, Jesús se hizo uno con Cristo. En este sentido, él es el Cristo, puesto que ya no es más su ego. Este es “un estado que en [nosotros] es solo latente” (T-1.II.3:13). De modo que podemos decir que Jesús y nosotros somos diferentes en el tiempo, pero no en la eternidad. Así, en el tiempo:

Tú estás debajo de mí y yo estoy debajo de Dios. En el proceso de “ascensión” yo estoy más arriba porque sin mí la distancia entre Dios y el hombre sería demasiado grande para que tú la pudieses salvar. Yo salvo esa distancia por ser tu hermano mayor, por un lado, y por el otro, por ser un Hijo de Dios. La devoción que les profeso a mis hermanos es lo que me ha puesto a cargo de la Filiación, que completo porque formo parte de ella (T-1.II.4:3-6).

Hans Küng, el polémico teólogo católico, ha resumido muy bien este asunto al afirmar que Jesús es el Hijo de Dios, ”sentado a la diestra del Padre”, por su función, no por su naturaleza. En otras palabras, Jesús se convirtió en el Hijo de Dios, o Cristo, por virtud de haber concluido primero su plan personal de Expiación y ayudarnos a nosotros a hacer lo mismo. Pero lo que es inherente a su naturaleza es el Cristo, que también es inherente a todos nosotros.

¿Cómo ocurrió este error cristológico? Es triste darse cuenta de que la propia culpa que Jesús vino a deshacer terminó siendo el mayor obstáculo para que se le entendiese a él y su mensaje. Ya hemos visto que la culpa de los primeros seguidores de Jesús se reforzó durante su vida y muerte, y que dicha culpa nunca se deshizo. Condujo casi de inmediato a los malentendidos de la crucifixión, que comentamos en el Capítulo 9 y que simplemente fortalecieron la culpa de los discípulos. Los siglos posteriores de persecución solo fueron una de sus lamentables consecuencias. Otra fue las interpretaciones cristológicas que los discípulos hicieron de Jesús. Su culpa no solo exigía que fuesen castigados, sino también que fuesen inferiores. No podían ser iguales a Jesús porque la culpa no les permitía creer que ellos también eran los bienamados Hijos de Dios. Así se perdió una de las piedras angulares del mensaje de Jesús, lo cual hace necesaria esta reiteración en el Curso y en este libro: “Cuando sientas miedo, aquiétate y reconoce que Dios es real, y que tú eres Su Hijo amado en quien Él se complace” (T-4.I.8:6). A lo “máximo” que pudieron aspirar los discípulos fue al concepto de Pablo de hijos adoptivos.

De este modo, la separación que Jesús vino a deshacer se convirtió en parte integrante de la percepción que se tiene de él, que solo enseñó la unidad de todas las criaturas en el Dios uno. En palabras de Rebelión en la granja, de George Orwell: “Todos los hombres son iguales, pero algunos son más iguales que otros.” Esta creencia en la separación se perpetuó a lo largo de la historia del cristianismo mediante las proyecciones de la gente sobre aquellos a quienes no consideraban merecedores del Reino de Dios, con lo cual enmascaraban su creencia inconsciente de que ellos tampoco merecían el Reino de Dios. Así, Jesús se convirtió en el objeto de amor especial y los que no creían en él se convirtieron en los chivos expiatorios de odio especial. Bajo esta nube masiva de especialismo se ocultó la diáfana luz de Jesús y de su mensaje.

En cuanto a la relación de odio especial que otras personas tenía con Jesús, observamos una dinámica similar pero con la forma opuesta. Lo comentaremos en la próxima sección acerca de la necesidad de perdonar a Jesús.

¿Por qué tenemos que perdonar a Jesús?

 Aunque el Curso no exige que creamos en Jesús (véase el Capítulo 16), sí nos pide que lo perdonemos. Jesús dice, por ejemplo: “Tengo gran necesidad de azucenas, pues el Hijo de Dios no me ha perdonado” (T-20.II.4:1). Generalmente, no pensamos en la necesidad de perdonar a Jesús, y para muchos, especialmente los cristianos que le han dedicado sus vidas y corazones, perdonar a Jesús no tendría sentido. Sin embargo, no existe mayor impedimento para un aspirante espiritual occidental que el de no perdonar a aquel que vino a ayudarnos. Entender la dinámica del ego nos ayuda a explicar esta situación que de otro modo resultaría incomprensible. Vemos que tenemos que perdonar a Jesús a dos niveles: por lo que no es (los ídolos de especialismo que hemos hecho de él), y, a otro nivel más profundo, por quién es verdaderamente.

En el mundo occidental no ha existido símbolo más poderoso de amor y de odio que Jesús. Hemos comentado la relación de amor especial con Jesús desde el punto de vista de los discípulos (Capítulo 6) y del mundo cristiano (en la sección anterior). En el primer caso, vimos la necesidad de los discípulos de proyectar sobre Jesús sus esperanzas mágicas de salvación (Jesús lo hará por nosotros), y su inevitable frustración cuando estas esperanzas no se hicieron realidad de la forma que ellos esperaban. En el segundo, nuestra necesidad de que Jesús sea especial y diferente a todos los demás nos llevó a idolatrarlo hasta convertirlo en Dios.

En la introducción de este libro comentamos brevemente los “ídolos amargos” en los que le hemos convertido. Nuestro comentario sobre el malentendido de la crucifixión explica la dinámica del ego que están detrás de estas proyecciones, y pone al descubierto las razones ocultas de la relación de odio especial con él. En esta sección exploraremos las formas que adoptan en mayor profundidad.

No es difícil entender los sentimientos negativos del pueblo judío hacía Jesús. Para los judíos, Jesús se ha convertido en sinónimo de odio, y en un símbolo de dos mil años de persecución, rechazo y asesinato. La larga y trágica historia del antisemitismo cristiano (que se está corrigiendo en la Iglesia Católica posterior al Concilio Vaticano II, así como en las Iglesias Protestantes), parecería justificar esta identificación. Algunos judíos identifican a la Alemania nazi con el Cristianismo, y culpan a Jesús por Hitler y el holocausto. Está claro que los intentos de muchos cristianos de proyectar la culpa sobre los judíos son una negación del mensaje de amor y perdón que Jesús enseñó y ejemplificó.

Sin embargo, el pueblo judío no ha sido el único que ha tenido dificultades con Jesús. También ha sido una figura problemática para los cristianos. Cuando se le percibe como “Víctima Sacrificatoria” cuya muerte exigía el plan de Expiación de Dios, Jesús se convirtió en un símbolo de sacrificio, sufrimiento y muerte. Además, como la propia culpa de los cristianos exigía chivos expiatorios a los que atacar, las subsiguientes separaciones y divisiones también se identificaron con la Voluntad de Dios, siendo Jesús la figura que animaba tales cruzadas. Basta recordar la visión que Constantino tenía de la cruz, junto con las palabras “Con este símbolo conquistaréis”, cuando se lanzaba a luchar contra los que consideraba bárbaros. El Príncipe de la Paz se había convertido en el Príncipe de la Guerra.

Si los cristianos creían, como comentamos en la Segunda y Tercera Partes, que Jesús les pedía que sacrificasen lo que más atesoraban para poder hallar la salvación, se resentirían inconscientemente contra aquel que les “ordenaba” que hicieran lo que secretamente no querían hacer. Como hemos visto, cambiar de conducta sin cambiar el pensamiento nunca resolverá problema alguno ni nos traerá la paz. La culpa está asociada con nuestros pensamientos, no solo con nuestra conducta. Podemos ver cuán perfectamente la relación que tenía el cristianismo con Jesús cayó en la trampa del especialismo del ego. Conscientemente sentían amor y devoción por Jesús, pero inconscientemente le odiaban por la vida de sacrificio y de dolor a la cual él los llamaba. Su “cuerpo maltrecho y agonizante” sobre la cruz simbolizaba la esencia de la salvación y su propia culpa, señalándoles su resistencia a sufrir del mismo modo, que era la meta de todo “buen cristiano”. El resultado de esta imagen de Jesús en la cruz ha sido siglos de arte magnífico, que por una parte ha inspirado a miles y miles de personas, pero por la otra ha reforzado la visión que tiene el ego de la salvación: expiación con sacrificio. Así la culpa ha emergido triunfante sobre “la cruz de la redención”.

Esta culpa inconsciente se proyecta de muchas formas. Las más obvias son las formas de persecución y ataque que ya hemos considerado anteriormente. Y mientras continúen, las experiencias conscientes habrán de seguir siendo relaciones de amor especial por Jesús, que justifican una vida de sacrificio, penitencia y división. Esto tiene vigencia tanto si el objeto de proyección es el cuerpo de otro como si es el cuerpo propio a través de una vida de enfermedad, sufrimiento y, en la forma más extrema, martirio. Lo que emerge es el conflicto interno que el ego tanto atesora. A nivel consciente dedicamos nuestra vida a Jesús, el símbolo del Amor de Dios, mientras que inconscientemente nos aferramos a los sentimientos de culpa, dolor e ira. Este es el paradigma familiar que asociamos con las relaciones de amor especial, en las que el odio se aparta, “protegido” por un amor que creemos genuino. Así, la culpa básica, que es la raíz de todos nuestros problemas, se refuerza y se perpetúa a través de la proyección constante, hallando chivos expiatorios —nosotros mismos u otros— para nutrir el ciclo de culpa y ataque en el que nada puede cambiar nunca.

Si la proyección a través de los chivos expiatorios resulta inaceptable como defensa, el ego tiene otra manera de “resolver” su conflicto. Podemos negar el amor y devoción a Jesús, y así minimizar el conflicto entre nuestro odio y nuestro amor. De esta manera la vida oculta de sacrificio y proyección ya no necesita estar en pugna con el hecho de seguir a un maestro de clemencia y perdón. Sencillamente no le seguimos en absoluto. Las formas de esta defensa varían mucho, incluyendo el escepticismo con respecto a que Jesús viviera en realidad, la negación de su resurrección o la aceptación de ella pero descartando su presencia en el mundo actual.

Buena parte de este sentimiento negativo puede haberse originado en cómo se ha invocado el nombre de Jesús a lo largo de los siglos para justificar la persecución y la separación. Podemos observar algunas de estas reacciones en relación con Un curso de milagros, en las que se niega la identificación específica de Jesús como su autor. Cuando ocurre esto, los estudiantes del Curso se encuentran en una situación difícil. Por una parte, juran fervientemente por cada palabra del texto que lo aceptan como su camino espiritual, y por la otra niegan su fuente. Además, si las personas han experimentado angustia en sus primeras experiencias con el cristianismo, encontrarán que la terminología cristiana les resulta problemática, y también las referencias a Jesús en primera persona, lo que hace necesario traducir esas palabras o conceptos particulares a otros términos más cómodos. Así, el ego infiltra sutilmente el conflicto en la experiencia del Curso.

Tratar de negar, ignorar o racionalizar estos elementos cristianos equivale a negar uno de los propósitos a los que sirve Un curso de milagros: el perdón y la reinterpretación del cristianismo. Puede verse que uno de los objetivos del Curso es sanar las divisiones del cristianismo, además de la enemistad que ha existido desde el principio entre el cristianismo y el judaísmo, y otros pueblos del mundo. Hace dos mil años Jesús vino a corregir los errores inherentes al judaísmo y a presentar al mundo su mensaje universal. Es muy poco probable que viniese a inspirar una nueva religión — “la única fe verdadera” — negando la validez de la antigua. Es más, retraducir el lenguaje y el contexto del Curso protege la falta de perdón proyectada sobre el cristianismo y Jesús. Al no entrar en los sentimientos de ofensa y de ira que el Curso puede producir, los estudiantes se privan de experimentar el perdón que Jesús les ha pedido.

También podemos comprender la importancia de perdonar a Jesús a un nivel más profundo: perdonarle por lo que fue y por lo que verdaderamente es, más allá de las distorsiones de nuestro amor especial y de nuestras proyecciones de odio. Ya hemos visto que para el ego los inocentes son culpables, pues niegan la culpa, que es el concepto central en la religión demente del ego. Sin la culpa, todo el sistema de pensamiento del ego se derrumba, y desaparece en la nada de la cual provino. Puesto que todos somos egos, a la parte de nosotros que aún se identifica con su sistema de pensamiento le resultará absolutamente insoportable la presencia clemente de Jesús. Esto es lo que ego tiene realmente en contra de él. Las imágenes de culpa, sacrificio y sufrimiento que el ego ha hecho de Jesús no son sino cortinas de humo que tratan de ocultar la verdadera fuente del deseo de estar separados de él: que nos ama. ¡Cuán escandaloso es el amor de Jesús para el ego, que se fundamenta en el odio a Dios! De modo que odiamos a aquel que ha venido a representar a Dios ante nosotros porque, como expone el Curso, el nombre de Jesús “representa un amor que no es de este mundo… el símbolo resplandeciente de la Palabra de Dios, tan próximo a aquello que representa, que el ínfimo espacio que hay entre ellos desaparece…” (M-23.4:2,4).

Como Jesús es tan amenazante para el ego, este tiene que atacarle y atacar su mensaje con tanta perversidad como pueda; las grandes distorsiones del mensaje de Jesús a lo largo de los siglos dan testimonio de estos ataques. En esta época puede surgir un interrogante: ¿Acaso Jesús no sabía que su muerte y resurrección tendrían estos efectos desastrosos, que serían malinterpretadas por prácticamente toda la humanidad, incluyendo a quienes se consideraba como sus discípulos y amigos más cercanos? Y si en efecto lo sabía, ¿por qué eligió presentar su mensaje de esta forma? Se sugiere una respuesta procedente de los principios básicos del Curso.

Los errores no se pueden corregir mientras no se ven. Solo se pueden eliminar cuando se traen ante la luz del perdón. Hemos visto que el propósito de la vida de Jesús fue perdonar el pecado. ¿Cómo podía lograrlo sin traer a la conciencia de las gentes sus “pecados secretos y sus odios ocultos”? ¿Qué manera podía ser más efectiva que la de presentar el perfecto modelo del Amor de Dios y de la invulnerabilidad de Sus hijos? Jesús se convirtió en la pantalla sobre la que nuestro ego pudo proyectar toda su obscuridad, ofreciéndonos así la oportunidad de reexaminar lo que el ego luchaba por ocultar de nosotros.

El plan de Expiación que Jesús dirige clamaba por este acto radical que extrajo lo “peor” de los egos de todos los que lo conocieron, y de todos los que fueron influidos por el cristianismo. Aquí, hablamos por supuesto, solo de los aspectos del ego. Por otro lado, Jesús también extrajo lo mejor de nosotros al recordarnos Quiénes somos y al ayudar a toda la humanidad a regresar al hogar que en verdad nunca abandonó.

Prácticamente nadie pudo haber conocido a Jesús sin sentir algún tipo de culpa, herida, ira, desesperanza o abandono, al creer que Dios le había decepcionado con una serie de promesas incumplidas. Tanto por el lado del odio especial como del amor especial, la gente tiene que haber sido obligada a contemplar las regiones más profundas de su ego. El escape de dicha confrontación ha tomado todas las formas que hemos considerado: desde la persecución y el asesinato hasta la aparente ignorancia o indiferencia.

Tal vez podamos entender mejor el propósito de Jesús cuando consideramos sus efectos a largo plazo. Es útil recordar que su visión del tiempo es distinta de la nuestra, pues aún estamos inmersos en su aparente realidad. Esto es lo que dice en el Curso al aludir a la irrealidad del tiempo: “Mas ¿qué significado pueden tener dichas palabras para los que todavía se rigen por el reloj, y se levantan, trabajan y se van a dormir de acuerdo con él?” (L-pI.169.10:4). De pie al final del tiempo que bordea la eternidad, Jesús espera pacientemente el fin de lo que él sabe que nunca ha existido. No nos explica esto porque no lo podríamos entender. Sin embargo, nos pide que confiemos en que él nos guía amorosamente a través del laberinto del tiempo conduciéndonos hacia donde él está, a un paso del Cielo y del instante en que todas las criaturas de Dios se reúnan, permitiendo que nuestro Padre dé el “último paso”, se incline hacia nosotros y nos eleva hasta Él (T-11.VIII.15:5).

Aquello con lo que antes no se pudo lidiar, ahora parece surgir de nuevo a la superficie en esta era de la psicología, en la que las dinámicas inconscientes de la proyección habitualmente se aceptan y se entienden. Podemos aprender lo que generaciones anteriores no pudieron. En Un curso de milagros, Jesús nos ofrece una oportunidad de volver a examinar los asuntos del ego que su vida, muerte y resurrección ofrecieron al mundo hace dos mil años. No perdonar a Jesús, o no reconocer siquiera la necesidad de perdonarle o a las religiones que aseguran haber surgido de él, es negar la oportunidad de perdonar aquellas partes de nosotros mismos que aún creen que la verdad se puede crucificar, y que somos responsables de ello. Aquí vemos la culpa por la separación que es inherente a todos los que caminamos por esta tierra. Jesús la expuso claramente ante nuestros ojos, y ahora nos pide que le perdonemos de modo que nos perdonemos a nosotros mismos por lo que nunca sucedió. “Elige de nuevo”, nos suplica, “No me niegues el pequeño regalo [de perdón] que te pido, cuando a cambio de ello pongo a tus pies la paz de Dios y el poder para llevar esa paz a todos los que deambulan por el mundo…” (T-31.VIII.7:1).

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