Impecablemente en el sendero (5) Helen


Autor: Jon Mundy | Fecha: 10 abril, 2017

Quinta parte

La doctora Helen Schulman y el doctor William Thetford

Continuamos con «Impecablemente en el sendero», en memoria del doctor Ken Wapnick, es el primer capítulo del nuevo libro de Jon Mundy La eternidad según Un curso de milagros que dedica al que fue su inestimable amigo y tutor.


El deceso de Bill y Helen

Parece apropiado hablar sobre el deceso de la doctora Helen Schucman (8 de febrero de 1981) y también del doctor William Thetford (4 de julio de 1988), puesto que ellos, junto con Ken, fueron los actores principales en la producción y en las principales enseñanzas del Curso.

Según creo, los primeros grandes profesores del Curso —Bill, Ken y, al final, la más resistente, Helen— llegaron a una aceptación completa de la Expiación. Aunque Helen entendía muy bien el Curso y podía enseñarlo, tenía una relación de amor/odio con él. Cuando se quejaba de que el Curso no funcionaba para ella, Jesús le amonestaba suavemente diciéndole: «¿Por qué no haces lo que te pido que hagas para poder oír mi voz todavía mejor?» Esta línea es aplicable a todos nosotros.

El último día de Helen

Ken y el marido de Helen, Louis, estaban con Helen en el hospital el 8 de febrero de 1981. Como su estado parecía estable, la enfermera del turno de noche sugirió a Ken y Louis que se fueran a casa. Después, poco más tarde las once, el personal del hospital llamó para comunicar que Helen había fallecido. Los moribundos a menudo se van cuando nadie está presente: nadie excepto Dios. Mi madre, Milly, murió en casa en Día de Navidad de 2001. Yo estaba sentado junto a ella en su cama, tomando su mano y pensando en todos los maravillosos días de Navidad que ella había creado para nuestra familia. Y continuaba diciéndole: «Mamá, soy Jon; estoy aquí. Mamá, soy Jon; estoy aquí.» Mi hermana Ann vino a la puerta de la habitación y me preguntó si podía ir un momento a la cocina para hablar con ella. En esos breves cinco minutos, mientras estábamos en la cocina, mi madre falleció. Es como si los moribundos necesitaran estar solos cuando se van de este mundo, porque en realidad no están solos. Cristo siempre viene a buscarles, cualquiera que sea el nombre por el que se le conozca: Alá, Jehová, Jesús o Buda. Dios no comprende nuestro lenguaje, solo las palabras del corazón.

Jesús dijo a Helen que vendría a por ella, y Ken dijo que cuando volvió al hospital, la cara de Helen tenía una expresión tan serena y pacífica que indicaba que había vivido una experiencia de conocimiento. Su querido Jesús había mantenido su promesa y ella había mantenido la suya (véase el libro de Ken Wapnick, Ausencia de felicidad).

Pues ¿qué es el Cielo sino unión, directa y perfecta, y sin el velo del temor sobre ella? Ahí somos uno, y ahí nos contemplamos a nosotros mismos, y el uno al otro, con perfecta dulzura. Ahí no es posible ningún pensamiento de separación entre nosotros. Tú que eras un prisionero en la separación eres ahora libre en el Paraíso. Y allí me uniré a ti, que eres mi amigo, mi hermano y mi propio Ser.

T-20.III.10:3-7

El último día de Bill

Bill fue a casa de Judy Whitson en Tiburón, California, para celebrar el cuatro de julio en 1988 con un grupo de amigos. Judy dijo que estaba radiante. Se puso a bailar en su salón. Según dijo Judy, Bill estaba «moviendo el esqueleto».

—¡Me siento tan flexible! ¡Me siento tan libre! —exclamó— ¡Siento que todas mis relaciones están sanadas y son plenas!

Esa noche, en la cena, Bill dijo a su amiga Catherine:

—No tengo equipaje. Estoy limpio, por dentro y por fuera. He completado con todo el mundo.

Al día siguiente, cuando salía a dar un paseo, el cirujano que vivía al lado de Judy vio que Bill colapsaba y dijo:

—El corazón de Bill simplemente estalló.

Siempre que tengas dudas acerca de lo que debes hacer, piensa en Su Presencia y repite para tus adentros esto, y solo esto:

Él me guía y conoce el camino que yo no conozco.

Mas nunca me privará de lo que quiere que yo aprenda.

Por eso confío en que me comunicará todo lo que sabe por mí.

T-14.III.19:1-4

—Jon Mundy

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