Homenaje a Ken Wapnick


Autor: Félix Lascas | Fecha: 31 diciembre, 2013

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En la confusión que creemos vivir, él representó una potente luz en la oscuridad, un faro que inequívocamente nos guiaba a la verdad; esa guía no provenía de él pero estaba en él y magistralmente la sentíamos todos, puesto que es patrimonio universal. Esperamos que la luz de Ken siga señalando el camino, aun después de su desaparición física, la sensación ahora es de pérdida. Resulta paradójico que su ausencia parezca provocar esta tremenda desolación.

 

El constante maestro que él es me corrige con dulzura y amor, me indica gentilmente pero lleno de emoción, que no estoy triste porque haya desaparecido su vibrante figura, estoy desolado porque parte de mi deseo de ser especial ha muerto, su muerte me recuerda mi creencia en la mía propia, pero sólo muere quién cree que puede morir, mi mente errada sirve ahora para apuntar hacia la luz y veo más que nunca la futilidad del sueño.

 

Todos admirábamos el prodigio que representó Helen Schucman, al protagonizar la canalización más pura de Jesús (Mente Cristica) que se haya conocido, nadie puede obliterar que Helen sin Bill Thedford, no hubiera podido plasmar Un Curso de milagros, fue sin duda una tarea de colaboración de amor y de perfecta unión en la mente, sin embargo no conoceríamos el Curso sin la intervención de Ken Wapnick y finalmente Judith Skutch. Entre los cuatro se desarrolló una sinapsis perfecta que extendió el mensaje de perdón, que es capaz de redimir a la humanidad del sueño del olvido.

Kenneth Wapnick siguió siendo La Voz del Curso motivándonos a elegir de nuevo, a entenderlo en su auténtica dimensión, y abandonar voluntariamente nuestro deseo especial, nuestra demencia, nuestra ilusión, nuestra mentira, a recobrar la inocencia y reconocer el error.

Finalmente el mensaje del primer maestro de Dios de Un Curso de milagros es:

 

Pues el perdón no se propone conservar el tiempo, sino abolirlo una vez que deja de ser de utilidad. Y una vez que deja de ser útil, desaparece. Y ahí donde una vez parecía reinar, se restaura ahora a plena conciencia la función que Dios le encomendó a Su Hijo. El tiempo no puede fijar un final para el cumplimiento de esta función ni para su inmutabilidad. La muerte no existe porque todo lo que vive comparte la función que su Creador le asignó. La función de la vida no puede ser morir. Tiene que ser la extensión de la vida, para que sea eternamente una para siempre y sin final.

¡Y qué dicha es morar por un tiempo en un lugar tan feliz! Mas no debemos olvidarnos de que en un mundo así, no transcurre mucho tiempo antes de que la intemporalidad venga calladamente a ocupar el lugar del tiempo.

Dios afirma que la muerte no existe; tu juicio ve a la muerte como el final inevitable de la vida. La Palabra de Dios te asegura que Él ama al mundo; tus juicios afirman que el mundo no es digno de ser amado. ¿Quién tiene razón? pues uno de los dos tiene que estar equivocado. No puede ser de otra manera.

No enseñes que mi muerte fue en vano. Enseña, más bien, que no morí, demostrando que vivo en ti.

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