Viaje sin distancia


En Viaje sin distancia, Robert Skutch, cofundador y director de la Foundation for Inner Peace, la fundación que publica el Curso, nos lleva a realizar un viaje fascinante en el que nos desvela el escenario donde se produjeron los acontecimientos. Aquí se narran los retos que tuvieron que afrontar sus principales protagonistas: Helen Schucman y William N. Thetford.

Esta esperada obra relata cómo vio la luz Un curso de milagros, ese valiosísimo material de autoestudio considerado la «Biblia del Tercer Milenio» con más de tres millones de ejemplares vendidos.

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Libro impreso


Viaje sin distancia

La historia detrás de Un curso de milagros: sus protagonistas, cómo ocurrió la revelación y el desarrollo de todo, el proceso

  • Libro disponible

Autor:

ISBN: 978-84-938091-7-1

Páginas: 144

Publicado por: El grano de mostaza S.L.

Peso: 190 gr.

Alto: 210 mm.

Ancho: 140 mm.

Grueso: 8 mm.

Idioma: ES

Formato: Tapa blanda

Formato (USA): Paperback

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Extracto de Viaje sin distancia


ÍNDICE

  • Prólogo
  • Capítulo 1
  • Capítulo 2
  • Capítulo 3
  • Capítulo 4
  • Capítulo 5
  • Capítulo 6
  • Capítulo 7
  • Capítulo 8
  • Capítulo 9
  • Epílogo
  • Galería de fotos

PRÓLOGO

HACE un par de años comenté de forma espontánea a una persona que me estaba entrevistando que el conjunto de libros titulados Un curso de milagros constituyen el escrito más importante en lengua inglesa desde la traducción de la Biblia.

Continué explicándole mis razonamientos, diciendo que aunque el Curso trata de los mismas verdades psicológicas y espirituales que el Nuevo Testamento, las presenta de una forma que hace que sean más difíciles de evadir, porque es más específico y menos dado a interpretaciones diversas, y también porque los ejercicios psicoespirituales empleados son muy eficaces para ayudamos a eludir nuestras defensas habituales contra el descubrimiento de nosotros mismos.

No esperaba que aquella afirmación impulsiva apareciera impresa, pero así ocurrió; y ahora, mirando atrás, puedo afirmar que aunque entonces fue espontánea, sigo manteniéndola.

Mi propia introducción al Curso sucedió tras un cuarto de siglo de búsqueda.

Debido a que soy físico e ingeniero eléctrico de profesión, y a que siempre me ha impresionado el poder de la ciencia, dudaba de la mayoría de los sistemas religiosos que encontraba porque parecían necesitar una dosis de saludable escepticismo científico.

En 1954, a la edad de 36 años, en medio de un curso de dos semanas que estaba realizando, tuve una experiencia «definitiva», dando comienzo a partir de entonces a una búsqueda que hasta la edad de 59 años me llevó a entrar en contacto con diversas vías, desde el zen al sufismo, y desde el vedanta hasta el cristianismo místico.

Asimismo viví una serie de experiencias que me resultaron totalmente asombrosas, ya que mi marco conceptual no tenía con qué comparadas.

Sentí que aquellas experiencias eran válidas y que las filosofías espirituales tenían el toque de la verdad, y sin embargo faltaba algo.

Además, era vagamente consciente de que si las experiencias fueran tan reales como yo sentía que eran y las filosofías fueran verdaderas, hubieran afectado mi vida más de lo que lo hacían.

En aquel momento había pasado de trabajar en el análisis de sistemas y la teoría estadística de las comunicaciones a encabezar un pequeño grupo de investigación dentro del Instituto de Investigación de Stanford, en el que nos dedicábamos a estudiar los cambios sociales y la planificación orientada al futuro.

Después de investigar el futuro durante diez años, publiqué un pequeño libro titulado Guía incompleta del futuro, cuya existencia ha sido uno de los secretos mejor guardados en la historia de las publicaciones.

Para entonces yo tenía claro que los Estados Unidos, y evidentemente el mundo industrializado, había entrado en un período de transición de relevancia histórica que implicaba cambios al nivel más fundamental: el nivel de las premisas tácitas de base sobre la naturaleza de la vida y la realidad sobre las en último término descansa toda la estructura social.

Parecía que mientras que hace medio siglo el avance de la ciencia positiva hacía que las premisas religiosas y espirituales fueran cada vez menos plausibles, la situación actual era muy diferente.

Ya en 1977, y a partir de entonces cada vez más, las investigaciones que tienen como objeto la conciencia humana, los procesos inconscientes, la intuición, la creatividad, etc... están haciendo cada vez más manifiesta la espiritualidad esencial de la existencia.

Impresionado por la importancia que estaba adquiriendo esta vía en el desarrollo de los acontecimientos, accedí a hacerme miembro de la junta rectora del Instituto de Ciencias Noéticas que había sido fundado unos años antes por el astronauta del Apolo 14, Edgar Mitchell, quien había llegado a las mismas conclusiones que yo a través de experiencias muy diferentes.

Una de mis compañeras en la junta era Judy Skutch.

La primera vez que coincidimos estábamos esperando mesa en un restaurante y planteé a Judy la inevitable pregunta de presentación: «¿A qué te dedicas?».

Disfrutó de mi asombro cuando me dijo: «Un curso de milagros».

Las dos horas siguientes me quedé hechizado escuchándole contar la historia que se relata en este libro.

Estaba ansioso por leer los libros que forman la trilogía de Un curso de milagros.

Tenía mucho que aprender sobre la ambivalencia con la que nosotros, los seres humanos, nos orientamos hacia el conocimiento de nuestro ser profundo.

Los ejercicios diarios del segundo volumen del libro, que afirman un nuevo sistema de creencias, parecían simples y un poco intrigantes.

En aquel momento no entendía el efecto subterráneo que estaban teniendo.

El Texto, el primer volumen, parecía difícil de entender, pero seguí con él a fuerza de voluntad (eso creía).

Seis meses después me di cuenta de que a pesar de que abría el Texto cada día, no podía recordar uno solo en el que hubiera acabado de leer una página completa: me entraba sueño, mi mente vagaba sin propósito, o recordaba que había dejado cosas por hacer, y me levantaba para acabadas.

Mi mente era muy ingeniosa a la hora de evitar lo que yo pensaba que quería, es decir, entender los contenidos del Texto.

Con el tiempo, la atención consciente le ganó la partida a las resistencias inconscientes.

Mi conciencia de este hecho fue llegando poco a poco.

Un día me daba cuenta de que una situación que me hubiera provocado miedo u hostilidad ya no lo hacía, y sin embargo no tenía conciencia de los profundos cambios que estaban teniendo lugar.

Encontré que mi confianza en la intuición profunda, una parte sabia y compasiva de mí mismo, se había fortalecido notablemente, de nuevo sin que yo me diera cuenta conscientemente del cambio en mi inconsciente.

La tensión y el dolor iban desapareciendo.

Mi vida era más activa que en ningún otro período anterior, y esto estaba ocurriendo sin esfuerzo, algo que no hubiera creído posible unos años atrás.

Había aspectos de mi existencia que se ponían en su lugar de forma misteriosa.

Lo que más me impresionaba de la transformación que sentía era la absoluta simplicidad de lo nuevo.

Una parte más profunda de mí mismo, un «Maestro Interior», guiaba mi acción y apartaba los obstáculos, y la mente consciente (el ego-mente analítico y racional que antes suponía mi asidero más firme a algún tipo de seguridad) se hizo el servidor de esa parte más profunda de forma cómoda y natural.

Todo esto puede parecer una enorme simplificación, pero la conclusión profundamente sentida a la que llegué era que todos los problemas que encontramos en nuestra vida son ilusorios.

Sólo hay un problema: nuestra resistencia a ver las cosas como realmente son, o más precisamente, a ver la totalidad tal como es.

Un curso de milagros ya ha influenciado cientos de miles de vidas.

Me siento privilegiado por haber conocido a Helen Schucman, a Bill Thetford, así como a los demás actores de esta obra.

No llegué a conocer bien a algunos de ellos, pero sí lo suficiente como para haber sentido una profunda sensación de misterio no sólo acerca de la eficacia del Curso mismo, sino también respecto a la forma en que vino a la existencia y su supuesto origen.

Me acuerdo especialmente de un día en que estaba hablando sobre el Curso con Helen, que seguía sintiéndose ambivalente al respecto y no parecía capaz de adaptar sus propuestas a su propia vida.

Repentinamente pareció transformarse en otra persona, no físicamente, sino a nivel de su personalidad.

Durante uno o dos minutos, a lo largo de unas pocas frases, esta «otra» Helen habló del significado real del Curso con una autenticidad y profunda sabiduría que me dejaron pasmado.

Entonces, como si hubiera ocurrido otro clic en su interruptor interno, volvió a ser de nuevo la Helen habitual.

Helen casi nunca encarnaba el ideal del Curso, la paz interior.

Encontraba muchas cosas de las que quejarse, y en su vida parecía soportar una dosis de dolor mayor de lo normal.

Una vez le pregunté cómo era que este notable documento del que ella era responsable había podido traer paz y sabiduría a tanta gente y sin embargo parecía inoperante para ella.

Nunca olvidaré su respuesta: —Sé que el Curso es verdad, Bill —dijo, y después de una pausa añadió—: pero no creo en él.

Cuando se confirmó que el Curso se estaba extendiendo rápidamente, incluso a otros países, sentí claramente la necesidad de que hubiera un relato preciso sobre su origen para todos aquellos que iban a querer conocerlo.

Parecía probable que circularan mitos y que Helen acabara siendo la heroína de un culto a la persona.

Presioné para que se hiciera una relato preciso cuando las memorias aún estaban recientes, y que fuera realizado por alguien cercano a los hechos pero no demasiado.

Sentí que Bob Skutch era el candidato ideal: había estado presente en el desarrollo de la última parte de los acontecimientos, conocía personalmente a todos los personajes y los tenía cerca para posibles entrevistas; de esta forma podría narrar la historia con fidelidad.

Además, ya había escrito a nivel profesional con anterioridad.

No hace falta decir que cuando se le propuso el trabajo, aceptó.

Aunque no siempre se haya sentido agradecido por mi sugerencia, ha tenido la amabilidad de invitarme a escribir este prólogo.

Agradezco este honor porque creo que algún día Un curso de milagros será apreciado de forma mucho más general, al igual que la historia de su notable génesis.

Willis W.Harman Regent, Estado de California Noviembre de 1983 Standford, California