Las etapas de nuestro viaje espiritual


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Un curso de milagros forma parte de una larga tradición intelectual en la que está incluida el filósofo alemán Friederich Nietzsche. Entre sus escritos destaca De las tres transformaciones, perteneciente a la obra Así hablo Zaratrusta, que nos proporciona el marco para comentar las etapas de nuestro camino espiritual. Utilizando la parábola de Nietzsche del camello, el león y el niño, este libro describe el proceso de crecimiento entretejido en las enseñanzas del Curso. Se trata esencialmente de un viaje hacia la madurez espiritual que se lleva a cabo en y a través del mundo.

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Libro impreso


Las etapas de nuestro viaje espiritual

La práctica de Un Curso de Milagros

  • Libro disponible

Autor:

ISBN: 978-84-939311-2-4

Páginas: 179

Publicado por: El grano de mostaza S.L.

Peso: 170 gr.

Alto: 178 mm.

Ancho: 120 mm.

Grueso: 10 mm.

Idioma: ES

Formato: Tapa blanda

Formato (USA): Paperback

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Extracto de Las etapas de nuestro viaje espiritual


ÍNDICE

1. Introducción: Friedrich Nietzsche

El tema de este libro, una vez más, son las etapas de nuestro viaje espiritual. El marco lo constituyen los escritos de Friedrich Nietzsche, específicamente la sección “Las tres transformaciones”, de su obra maestra, Así habló Zaratustra. Tengo dos razones para hacer esto: La primera es personal. Siempre he apreciado los brillantes discernimientos y el estilo literario de Nietzsche, y esta es una grata oportunidad para hablar acerca de él y de su obra. La segunda razón, y la más importante, es que su maravillosa fábula nos provee un incisivo resumen del camino espiritual, paralelo a la opinión del Curso, como veremos dentro de poco. Es más, es provechoso para los estudiantes de Un curso de milagros tener alguna idea de su contexto intelectual, desde el punto de vista psicológico, filosófico y espiritual. Puede ser instructivo para los interesados en el Curso leer acerca de ideas que se escribieron mucho antes de la escritura del Curso y observar que algunos de los discernimientos han existido desde hace milenios. Un curso de milagros, por lo tanto, no surgió de la nada, pues intelectualmente es parte de una larga tradición, con algunas personas ilustres como precursores. Y por eso, una vez que nos familiarizamos con los principios del Curso y luego leemos la obra de Nietzsche, suelen sorprendernos las perlas de sabiduría de este genio del siglo XIX. Freud decía que Nietzsche poseía un conocimiento de sí mismo más penetrante que cualquier hombre que jamás hubiese vivido o que, probablemente, jamás habría de vivir; una extraordinaria afirmación, viniendo del padre del psicoanálisis. Nietzsche, quien vivió del 1844 al 1900, comenzó realmente su obra con su autoanálisis. Freud, quien era doce años menor que él, leía mucho a Nietzsche durante su juventud y decidió que jamás lo volvería a leer. En palabras suyas, Nietzsche era “demasiado rico”, con lo cual quería decir que era consciente de que Nietzsche estaba diciendo la misma clase de cosas que él, en esa temprana etapa de su vida, estaba simplemente intuyendo. Freud reconocía además la importancia de llegar a su manera a conclusiones similares, lo cual le permitiría desarrollar su propia ciencia del psicoanálisis. Creía que leer demasiado a Nietzsche interferiría con ese proceso. Así que, si bien le tenía un respeto tremendo a Nietzsche, como se ve claro en la anterior afirmación, en realidad no lo estudió. Curiosamente, varias sesiones de un congreso psicoanalítico celebrado en 1907 ó 1908 se le dedicaron a Nietzsche, y fue en una de esas sesiones que Freud hizo el comentario acerca de su antecesor alemán. Uno de los conceptos psicoanalíticos clave, el id, el término de Freud para el inconsciente, realmente procede de Nietzsche (indirectamente a través del asociado de Freud, Georg Groddeck, quien era más joven). Nietzsche escribió acerca del inconsciente y lo llamó Ello, que en alemán se dice Es. Describió el inconsciente de la manera que lo hizo Freud: salvaje, desenfrenado, y no obstante, una fuerza que ejercía una influencia tremenda en nuestras vidas. Los traductores de Freud al inglés, en vez de traducir Es como It (Ello), utilizaron el latín id para que el psicoanálisis pareciese más científico. La influencia de Nietzsche fue extraordinaria, no solo en Freud, sino en muchos, muchos otros. Incluso se le podría llamar el padre del existencialismo. La famosa aseveración “Dios ha muerto”, popular en los años sesenta y setenta –y en cierta medida, hoy día– era nietzscheana. Concluyo esta introducción con un resumen breve de la vida de Nietzsche. Su padre fue parte de una larga línea de pastores luteranos y murió cuando Nietzsche tenía cuatro o cinco años. Sin embargo, la influencia de su padre fue decisiva, y en su edad temprana, Friedrich era profundamente religioso y, de hecho, estudió teología. Todo apunta a que fue un muchachito muy bueno, un niño obediente que siempre hacía lo que se le ordenaba. Había asistido a una escuela privada estricta, y hay una historia que refleja este rasgo de absoluta obediencia. Se les había instruido a los niños que caminasen a la escuela y de regreso a casa a paso lento y mesurado. Un día cayó una tormenta, y nuestro amiguito caminó a casa tal y como se le había indicado, sin correr ni buscar refugio. Por eso llegó a casa totalmente empapado. Esta clase de comportamiento contrasta marcadamente con su posterior vida iconoclasta. Friedrich fue criado por su mamá y dos tías, y su genialidad propició que lo enviasen a una escuela donde estudiaría teología y filología (el estudio de los clásicos). Sin embargo, pronto abandonó la teología, y durante el resto de su vida, fue un enérgico, si no es que virulento, crítico del cristianismo; es más, de toda religión organizada. Creía que corrompía la moral de las personas y las mantenía en una posición inferior. Una vez se refirió a los sacerdotes como hombres débiles que dirigían a personas incluso más débiles. Nietzsche dominaba a la perfección la lengua alemana. Walter Kaufmann, un gran erudito y traductor nietzscheano, se refería a él como uno de los pocos filósofos desde Platón –lo cual significa que incluía a Platón–, que un gran número de personas inteligentes leían por placer, cosa que no sucedía, por ejemplo, con filósofos como Aristóteles, Hegel o Kant. Nietzsche escribía a menudo en un estilo aforístico, lo cual quiere decir que sus escritos están repletos de aforismos, dichos, fábulas, parábolas y relatos. Esto hace que la lectura sea más fácil, puesto que el lector no tiene que batallar con mucho intelectualismo, algo que Nietzsche aborrecía. Dicho sea de paso, por esa razón, en muchos círculos académicos, Nietzsche nunca fue considerado como un filósofo en el sentido habitual. Con una especialización en filología, Nietzsche recibió su doctorado a la temprana edad de veinticuatro años, algo inaudito en esos años, y fue nombrado profesor de filología en la Universidad de Basilea en Suiza. Poco después, entró en contacto con el gran compositor Richard Wagner. Wagner tenía la misma edad del padre de Nietzsche, y durante cerca de diez años, el hombre mayor se convirtió en un sustituto paterno de Nietzsche, quien era también un gran amante de los dramas musicales del compositor. Cabe señalar que, en sus días de estudiante, Nietzsche compuso varias piezas, ninguna de las cuales creo que haya sobrevivido. Él sentía un gran respeto por Wagner, a quien veía como la esperanza de la cultura alemana, una posición que más tarde repudió. La primera obra importante de Nietzsche fue un libro muy influyente titulado El nacimiento de la tragedia (1872). Hablaba de la tragedia como una forma de arte, comenzando con los antiguos griegos, a quienes descartaba, aduciendo esencialmente que ellos, incluidos Sócrates y Platón en esta categoría, eran demasiado racionales y descuidaban el lado emocional de la vida. Esto reflejaba la distinción entre Apolo y Dioniso, que Friedrich Schiller, un prominente poeta alemán, fue el primero en describir. Los apolíneos representan lo intelectual y lógico, mientras que los dionisos representan lo impulsivo y emocional. Nietzsche sentía que los griegos se inclinaban demasiado del lado de los primeros, y Richard Wagner era un ejemplo de los segundos; era el que resucitó la tragedia y le devolvió su emoción. Nietzsche comenzó a romper con Wagner cuando tenía cerca de treinta años de edad, en parte porque creía que su antiguo mentor se había vendido al cristianismo. No era el caso; no obstante, así lo veía Nietzsche. Sin embargo, fue realmente una ruptura más bien psicológica. Wagner era un hombre que permitía solo un genio bajo su techo, y por eso no había lugar para este joven intelectualmente precoz, que era su protegido. Wagner no podía tolerar la idea de que su brillante “hijo” fuese igual de brillante, si no es que más, que él; y por eso, Nietzsche tenía que escapar de este ambiente que lo sofocaba. Sin embargo, aunque rompió con Wagner, Nietzsche nunca dejó de escribir acerca de él –tanto positiva como negativamente– hasta el final de su vida. Y siempre siguió siendo un defensor de la música de Wagner. Entre los demás libros importantes de Nietzsche se encuentran Más allá del bien y del mal (1886), La genealogía de la moral (1887) y El caso Wagner (1888). Su último libro, Ecce homo, se escribió en 1888, pero no se publicó hasta 1908, mucho después de su muerte; y en este libro, repasa y discute todos sus escritos. El título se tomó de las palabras en latín en el evangelio de Juan, que se dice fueron pronunciadas por Poncio Pilatos cuando presentó a Jesús: “He aquí el hombre” (Ecce homo). Debido a que Nietzsche no valoraba mucho a Jesús, ciertamente no a la figura bíblica, el tomar ese como un título era una afirmación de que Jesús no era el hombre, él lo era. Nietzsche era una persona enfermiza; continua- mente padecía de mala salud y se veía aquejado por un dolor tremendo. Sufría severos ataques de migraña y su visión estaba muy afectada. Sus médicos le exhortaban a no leer ni escribir por más de una hora diaria, si acaso; sin embargo, pasaba generalmente nueve o diez horas al día trabajando y siempre estaba sufriendo. De hecho, en Así habló Zaratustra, su héroe habla acerca de la importancia del sufrimiento y de no negarlo porque se convierte en motivación para sobrepasarlo. Zaratustra, huelga decirlo, es el álter ego de Nietzsche, su portavoz, por así decirlo. En 1889, Nietzsche sufrió un colapso en una calle de Turín, Italia, y rápidamente, se hundió en la demencia. Pasó los últimos once años de su vida sin hacer absolutamente nada. Vivía con su madre, y cuando ella murió, su hermana Elisabeth cuidó de él hasta su muerte en 1900. Hay muchas teorías en torno a su demencia, pero la que los eruditos consideran más plausible es la sífilis, la cual contrajo, probable- mente, cuando era estudiante durante una rara (si no es que su única) visita a un burdel. La enfermedad no tratada siguió su curso durante muchos años, y final- mente, se manifestaron sus estragos en 1889, cuando la demencia lo abatió. Su hermana era una figura importante en la vida pública de Nietzsche. Ella era protonazi (una nazi antes de que existiese el nacionalsocialismo) y se casó con un hombre que, posteriormente, se convirtió en un miembro activo del partido nazi cuando este subió al poder. Ella creía en la supremacía del pueblo ario y utilizó las obras de su hermano para apoyar sus creencias en una raza dominante. Por cierto, Elisabeth fue responsable de un gran número de malentendidos de la obra de Nietzsche, conducentes, con toda probabilidad, a que los nazis abrazaran a Nietzsche, al creer que él escribía para ellos. En realidad, ellos interpretaron de manera equivocada todo lo que él escribió, lo cual repito, en buena medida, se debió a Elisabeth, quien corrigió sus obras después que él enloqueciese y corrompió varios de sus significativos conceptos. Siendo dueña de su obra, ella decidió lo que habría de publicarse después de tachar lo que no le gustaba y retener lo que le gustaba. No fue hasta muchos años después, que la gente pudo volver a sus escritos originales y descubrir que Nietzsche no escribió lo que Elisabeth alegaba que había escrito. Por ejemplo, él hablaba del superhombre*, que en alemán es Übermensch (über significa “por encima de” y mensch significa “hombre”), un concepto clave en Así habló Zaratustra. Es similar a lo que Un curso de milagros llama un “maestro de Dios avanzado”†, alguien que puede trascender o sobrepasar el reino animal y el reino humano y trascender el cuerpo. Nietzsche no quiso decir esto en el sentido del Curso, de reconocer la naturaleza ilusoria de lo corpóreo, sino más bien que el Übermensch ya no estaría atado por las costumbres y valores del mundo. Elisabeth interpretó que este concepto tan enormemente importante significaba hombre superior, lo cual le rendiría un gran servicio a la doctrina nazi de la raza dominante (o suprema). De hecho, muchas de las versiones inglesas de Nietzsche tradujeron el alemán como superman. Sin embargo, es muy obvio lo que Nietzsche quería decir, porque contrastaba al Übermensch con la palabra unter, que significa “abajo”. Por eso diría, por ejemplo, que cuando uno “ha de hundirse”, uno “va a descender al mundo”, y por lo visto disfrutaba el juego de palabras unter y über. Es patentemente claro que no se refería en absoluto a esa acepción de super. Otro concepto importante en el pensamiento de Nietzsche era la voluntad de poder, con lo cual se refería al poder espiritual: nos convertimos en lo que realmente podemos ser: el Übermensch. Una vez más, sin embargo, un significativo concepto nietzscheano fue tomado por Elisabeth como algo material o militarista, que abrazaba una gran fuerza física, utilizado luego por los nazis casi como un eslogan. Las valoraciones negativas que se hacen de Nietzsche a menudo tienen sus raíces en estos conceptos equivocados. Todo lo que escribió este profundo pensador se tiene que entender dentro de un contexto espiritual. Esto se aclarará mucho más a medida que examinemos “Las tres transformaciones”. La obra de Nietzsche no se descubrió y apreció hasta después de su muerte, y no se hicieron muchas copias de sus escritos. Apenas conocidos en su época, estos escritos necesitaron de la influyente figura literaria de Stephen Zweig, contemporáneo de Thomas Mann y también un “nietzscheano”, para que las descubriera y abogase por Nietzsche y su obra.