Despierta del sueño


Únete a nosotros en este viaje para descubrir el recuerdo de quiénes somos. Sumérgete en tu mente y permite que se transporte fuera del tiempo y fuera de este mundo a otra dimensión cuyo glorioso esplendor no puede expresarse con palabras. Más tenemos que utilizar un lenguaje para reflejar la inefable Realidad que está más allá de todo vocablo, de modo que traigamos a nuestra memoria la radiante abstracción del Cielo, que ha sido reemplazada por nuestro mundo de cosas específicas y concretas.

Citado del capítulo 1

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Libro impreso


Despierta del sueño

Una presentación de Un curso de milagros

  • Libro disponible

Autor:

ISBN: 978-84-937274-1-3

Páginas: 103

Publicado por: El grano de mostaza S.L.

Peso: 228 gr.

Alto: 230 mm.

Ancho: 150 mm.

Grueso: 9 mm.

Idioma: ES

Formato: Tapa blanda

Formato (USA): Paperback

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Extracto de Despierta del sueño


LA PSICOLOGIA DEL GRUPO INTERMEDIO

Extracto del libro de Gloria y Kenneth Wapnick Despierta del sueño.

Colección Fundación, editado por El Grano de Mostaza.

Estos son extractos de los libros de Kenneth Wapnick, ocasionalmente se han realizado algunas correcciones de estilo, pero el contenido no se ha alterado en absoluto. Para distinguir los textos provinentes del Curso el cuerpo de la letra es menor y de color

Relaciones de odio especial

Si buscamos honradamente en nuestro interior, como Un curso de milagros nos lo pide reiteradamente, no podemos sino recordar nuestras relaciones de odio especial. Estas incluirían no sólo a las personas a quienes odiamos y atacamos, pasadas y presentes, sino también a las organizaciones, instituciones, religiones, a los sistemas políticos y económicos, a otras naciones—sus políticas y sus líderes—a quienes responsabilizamos de nuestros males personales y colectivos. Este odio o esta ira adopta muchas formas, desde la más leve hasta la más extrema:

La ira puede manifestarse en cualquier clase de reacción, desde una ligera irritación hasta la furia más desenfrenada. El grado de intensidad de la emoción experimentada es irrelevante. Te irás dando cuenta cada vez más de que una leve punzada de molestia no es otra cosa que un velo que cubre una
intensa furia (L-pI.21.2:3-5).

Es esencial para el plan de salvación del ego que haya enemigos sobre quienes podamos proyectar nuestro odio y posteriormente atacarlos. Sin ellos nos veríamos obligados a enfrentar el odio de nosotros mismos, sobre lo cual el ego ya nos ha convencido de que significaría una aniquilación segura. Para poder sobrevivir, por lo tanto, el ego nos dice que tenemos que tener un enemigo, alguien a quien podamos culpar de la desgracia e infelicidad que en última instancia es nuestra propia responsabilidad. Esto inevitablemente origina una percepción de un mundo “nosotros-ellos ”, poblado con “chicos buenos ” y “chicos malos”, víctimas y victimarios. Por lo tanto, continuamente nos identificamos con las víctimas inocentes del mundo, quienes sufren injustificadamente a manos de fuerzas “malvadas y sombrías” que están más allá de su control. Mientras tanto, toda nuestra culpa— “malvada y sombría”—permanece escondida en las “bóvedas ocultas” de nuestro inconsciente, protegidas para siempre por nuestra “justificada” ira contra el mundo externo.

La ira siempre entraña la proyección de la separación, lo cual tenemos que aceptar, en última instancia, como nuestra propia responsabilidad, en vez de culpar a otros por ello. No te puedes enfada a no ser que creas que has sido atacado, que está justificado contraatacar y que no eres responsable de ello en absoluto. Dadas estas tres premisas completamente irracionales, se tiene que llegar a la conclusión, igualmente irracional, de que un hermano merece ataque en vez de amor. ¿Qué se puede esperar de premisas dementes, sino conclusiones dementes? La manera de desvanecer una conclusión demente es analizando la cordura de las premisas sobe las que descansa. Tú no puedes ser atacado, el ataque no tiene justificación y tú eres responsable de lo que crees (T-6.in.1:2-7).

A lo largo del lapso de tiempo registrado que llamamos historia, existe evidencia abundante para demostrar cómo ha operado el sistema de pensamiento del ego. Al percibir separación y carencia, y al considerarse desposeídas, diferentes culturas, sociedades, tribus e imperios terminaron por atacar a otros a quienes consideraron intrusos. Todo el tiempo, estos agresores justificaban sus ataques bajo el pretexto de varias racionalizaciones, las cuales incluían imperativos económicos, necesidades políticas y “guerras santas”. Recordemos nuevamente, puesto que este capítulo trata de la psicología del grupo intermedio, que desde el preciso momento de la separación los miembros del grupo intermedio, dado el plan de salvación del ego, tenían que percibir al grupo sombrío como externo a ellos. Por lo tanto, no es de extrañar que estos pensamientos de ataque hayan continuado desde la separación hasta el presente. Desde aquel antiguo instante, todas nuestras experiencias se han coloreado con las rojas gotas de la sangre que ha fluido de la creencia original del Hijo de que él había asesinado a su Padre y Fuente. Las páginas de la historia literalmente están empapadas con esta sangre, que sólo es el símbolo del pensamiento original de ataque en contra de Dios. Esta tétrica descripción encuentra un paralelo en este notable pasaje de Un curso de milagros que describe la religión de asesinato y de muerte del ego:

Conocer la realidad significa no ver al ego ni a y sus pensamientos, sus obras o actos, sus leyes o creencias, sus sueños o esperanzas, así como tampoco los planes que tiene para su propia salvación y el precio que hay que pagar por creer en él. Desde el punto de vista del sufrimiento, el precio que hay que pagar por tener fe en él es tan inmenso que la ofrenda que se hace a diario en su tenebroso santuario es la crucifixión del Hijo de Dios. Y la sangre no puede sino correr ante el altar donde sus enfermizos seguidores se preparan para morir (L-pII.12.4).

En la actualidad estamos experimentando una era en la cual, debido a nuestra avanzada tecnología, la comunicación es prácticamente instantánea. Es muy instructivo, cuando vemos las noticias en televisión o las leemos en los periódicos diarios, observar la naturaleza global de la psicología de este grupo intermedio la cual se extiende por toda la población, todas las naciones y entre todos los líderes del planeta entero. La proyección hace la percepción: Nuestra percepción de los acontecimientos mundiales se puede reducir a esta ecuación:

La psicología individual de grupo intermedio que retenemos en nuestras mentes, más la psicología ideológica y nacional de grupo intermedio que se nos enseña, es igual a nuestra visión mundial la cual es una proyección del concepto del yo que hemos fabricado.

Debido a nuestra identificación con el plan de salvación del ego, todos nosotros estamos tratando de encontrar aquellos chivos expiatorios que seguramente podemos atacar con impunidad, al escondernos detrás de la “cara de inocencia” que nos permite identificarnos con lo “bueno” en contra de lo “malo”. Esto lo hacemos como individuo, pero además lo hacemos con varios grupos: familiares, religiosos, comunitarios y nacionales. Además, todos los grupos no hacen sino representar estas dinámicas egoístas del individuo en una escala colectiva:

Por esa razón, es posible hallar este rostro [de inocencia] con frecuencia arrasado de lágrimas ante las injusticias que el mundo comete contra los que quieren ser buenos y generosos. Este aspecto nunca lanza el primer ataque. Pero cada día, cientos de incidentes sin importancia socavan poco a poco su inocencia, provocando su irritación, e induciéndolo finalmente a insultar y a abusar descontroladamente.... ¿no es acaso un hecho harto conocido que el mundo trata ásperamente a la inocencia indefensa? (T-31.V.3:2-4; 4:1)

Debido al falso concepto del yo que hemos construido y a nuestra necesidad de un interés propio como protección, los intereses compartidos se desvanecen. El resultado de esta situación engendra un miedo tremendo en todas las partes aparentemente separadas de la Filiación, pues inconscientemente creemos que—“La culpa exige castigo”—y que los demás nos atacarán tal como los hemos atacado a ellos. Así que todos nos mantenemos pegados al hipnotismo de nuestras falsas percepciones. “Mi país, (religión, tribu, imperio, etc.) con razón y sin ella” ha sido el toque de clarín de cada grupo desde el comienzo de la separación, al enarbolar el pendón del interés propio que alardea del triunfo sobre Dios y sobre la unidad de la Filiación. Ese ataque a los demás se racionaliza entonces con la excusa de que necesitamos defendernos del contraataque, y el ciclo de ataque-defensa del ego ha comenzado:

El mundo no ofrece ninguna seguridad. Está arraigado en el ataque.... [y] no puede sino ponerte a la defensiva. Pues la amenaza produce ira, y la ira hace que el ataque parezca razonable, que ha sido honestamente provocado y que está justificado por haber sido en defensa propia.... Los ciclos de ataque y defensa, y de defensa y ataque, convierten las horas y los días en los círculos que atenazan a la mente como gruesos anillos de acero reforzado, los cuales retornan, mas sólo para iniciar todo el proceso de nuevo. No parece haber respiro ni final para este aprisionamiento que atenaza cada vez más a la mente (L-pI.153.1:2-3; 2:1-2; 3:2-3).

Hay un pasaje en Un curso de milagros cuyas implicaciones, si se toman con seriedad, son literalmente increíbles. Si se consideran con honradez, su significado eventualmente conduciría a la libertad y a la salvación. El texto afirma:

Aprender este curso requiere que estés dispuesto a cuestionar cada uno de los valores que abrigas. Ni uno solo debe quedar oculto y encubierto, pues ello pondría en peligro tu aprendizaje. Ninguna creencia es neutra. Cada una de ellas tiene el poder de dictar cada decisión que tomas. Pues una decisión es una conclusión basada en todo lo que crees (T-24.in.2:1-5).

Al discutir la naturaleza ilusoria de nuestros problemas, el libro de ejercicios plantea el mismo punto:

Quizá no logres abandonar todas tus ideas preconcebidas, pero eso no es necesario. Lo único que es necesario es poner mínimamente en duda la realidad de tu versión de lo que son tus problemas (L-pI.79.8:2-3).

Este es el “poquito de buena voluntad ” al cual se refiere el Curso en otro lugar como lo único que nos pide el Espíritu Santo. Como un ejercicio de honradez, por lo tanto, podemos comenzar a buscar con cuidado en nuestras mentes con la buena voluntad de cuestionar cada valor que sustentamos. A primera vista nos podría parecer como un ejercicio fácil. Sin embargo, cuando comencemos a hacerlo inevitablemente nos daremos cuenta de la enorme resistencia que tenemos a cuestionar nuestras sacrosantas presunciones—valores que hemos asumido como nuestra propia identidad y personalidad egoísta.

Hay muchos enfoques distintos para llevar a cabo este ejercicio. Los siguientes son dos ejemplos: Desde que nos levantemos por la mañana hasta que nos acostemos por la noche, podemos tomar la decisión de vigilar todos los pensamientos, palabras, y hechos con el fin de ver el apego que tenemos a ciertos valores. Un ejercicio alterno es hacer un listado de todos los valores que sustentamos bajo las siguientes categorías: relaciones personales y profesionales, creencias religiosas y espirituales, y valores políticos, económicos y sociales. Después de haber hecho el listado de todos nuestros valores conscientes podemos entonces proceder a cuestionar incluso por qué sustentamos estos valores. Como enseña Un curso de milagros, siempre debemos hacernos esta única pregunta con relación a todo en el mundo: ¿Para qué es? ¿Cuál es su propósito? ¿Qué significa lo que estoy contemplando? Supongamos que debido a nuestro sistema de creencias y a nuestra mente condicionada, uno de nuestros valores políticos es la eliminación de un sistema ideológico en todas sus formas, oriental u occidental. Sería instructivo investigar por qué a nosotros como nación nos disgustan los sistemas ideológicos, políticos, o económicos distintos de los nuestros. ¿Por qué, como una nación individual y como ciudadanos individuales, tenemos tan gran inversión en limpiar al mundo de una ideología que consideramos indigna, malvada y temible? ¿Cuándo

nos nombró Dios sus supremos comandantes, generales y tenientes primeros para hacer cumplir las leyes y valores que El jamás estableció? Este es un ejemplo supremo de la mentalidad de grupo intermedio, tan abarcador que casi nadie ha escapado de la misma.

En cualquiera de sus formas el nacionalismo se basa claramente en la psicología nosotros- ellos del grupo intermedio, y por tal razón es fácil entender lo inevitable de su adopción casi universal a lo largo de la historia. Del mismo modo que en el nivel individual la relación de odio especial sostiene al sistema del ego que la engendró, asimismo su expresión nacionalista cumple el mismo propósito en una escala mayor. Se asegura la sobre vivencia del ego, incluso a “expensas” de la destrucción del mundo externo. ¿Para qué es? ¿Y cuál es la consecuencia de tal posición nacionalista en nuestras vidas individuales? Ante todo, provee un maravilloso chivo expiatorio sobre el cual proyectar nuestra culpa, y al oponernos a cualquier “ismo” como un “mal” hacemos real en nuestras mentes el error de la separación. Esto, por supuesto, es exactamente lo que el ego quiere. Además, el oponerse a los “adversarios”—como, por ejemplo, oponerse a la guerra mediante actividades de paz con una actitud de odio y de separación—también hace real el error de la separación, y así puede ser también una forma de caer en una trampa. Jamás se debe subestimar la sutileza del ego. Cuando de valores religiosos se trata, encontramos exactamente la misma dinámica al observar los juicios que se emiten en torno al ateo, al no-creyente o el hereje, desde sutiles pronunciamientos teológicos hasta la condenación abierta. Independientemente de la forma de estos juicios, el resultado es el mismo: la exclusión de algunos de los Hijos de Dios de Su Reino. He aquí la psicología de grupo intermedio en su forma más flagrante, la cual se hace pasar por un mensaje de interés, amor y salvación a través de unos ministros de Dios que se han nombrado a sí mismos en contra de todos aquellos que no creen en su verdad y en la “Palabra de Dios”. Esta división, falta de unidad, este odio, y ataque no reflejan sino la mentalidad original de grupo intermedio que hizo real al pecado de la separación y que dividió a la Filiación en “buena” y “mala”, “luz y sombra”, “santa” e “impía” y “salvada” y “condenada”. Una vez más, los miembros del grupo intermedio se habían adjudicado a sí mismos la posición de portavoces elegidos por dios y defensores de la fe. En contraste, el grupo de Luz quería que mirásemos más allá del error tanto de los miembros del grupo sombrío como de los miembros del grupo intermedio, como vemos en el siguiente mensaje:

Sueña dulcemente con tu hermano inocente, quien se une a ti en santa inocencia. Y el Mismo Señor de los Cielos despertará a su Hijo bienamado de este sueño. Sueña con la bondad de tu hermano en vez de concentrarte en sus errores. Elige soñar con todas las atenciones que ha tenido contigo, en vez de contar todo el dolor que te ha ocasionado. Perdónale sus ilusiones y dale gracias por toda la ayuda que te ha prestado. Y no desprecies los muchos regalos que te ha hecho sólo porque en tus sueños él no sea perfecto. El representa a su Padre, a Quien ves ofreciéndote tanto vida como muerte (T-27.VII.15).

Relaciones de amor especial

El mismo ejercicio que discutimos antes bajo odio especial— someter todos nuestros valores al criterio “¿Para qué es”?—es también pertinente a aquellas relaciones que Un curso de milagros llama “amor especial”. En un mundo de multiplicidad diversa, tendemos a excluir estas relaciones de amor especial del escrutinio que se nos pide. Sin embargo, son estas relaciones las que constituyen las armas más efectivas en el arsenal del ego, y las que justifican la enseñanza del Curso de que éstas son la morada de la culpa y únicamente un fino velo que cubre la cara del odio especial. Las relaciones de amor especial—desde la más casual hasta la más íntima—son intentos de mantener alejados de nuestra conciencia a la culpa y al odio de nosotros mismos, y evitar de ese modo el agudo dolor que dicha conciencia ocasionaría. El punto de partida aquí es la creencia en la escasez, i.e., que existe un profundo sentido de no ser completo o una gran carencia en nosotros. Este es un aspecto esencial de nuestra experiencia de culpa. Un curso de milagros explica el principio de escasez en el contexto específico de la separación:

Si bien en la creación de Dios no hay carencia, en lo que tú has fabricado es muy evidente. De hecho, ésa es la diferencia fundamental entre lo uno y lo otro. La idea de carencia implica que crees que estarías mejor en un estado que de alguna manera fuese diferente de aquel en el que ahora te encuentras. Antes de la “separación”, que es lo que significa la “caída”, no se carecía de nada. No había necesidades de ninguna clase. Las necesidades surgen debido únicamente a que tú te privas a ti mismo. Actúas de acuerdo con el orden particular de necesidades que tú mismo estableces. Esto, a su vez, depende de la percepción que tienes de lo que eres....Esa sensación de separación jamás habría surgido si no hubieses distorsionado tu percepción de la verdad, percibiéndote así a ti mismo como alguien necesitado (T-1.VI.1:3-10; 2:2).

Obviamente, no deseamos caminar por ahí sintiendo conscientemente que hay algo inherentemente erróneo o incompleto a nosotros mismos. Además, hemos fabricado una fuerte individualidad o concepto del yo que nos protege de esta conciencia. Es este concepto del yo de pecado y de culpa, cuyo centro inconsciente es la creencia en la escasez, lo que constituye la más sagrada ciudadela en el reino del ego. Este falso yo que hemos fabricado utiliza y manipula las relaciones para satisfacer sus percibidas necesidades neuróticas, sin darse cuenta de que el utilizar y manipular a otros constituye un ataque hacia ellos, con lo cual se refuerza la culpa que astutamente hemos aislado en el ámbito inconsciente. En resumen, las relaciones de amor especial son aquellas en las cuales nos permitimos hacernos dependientes de otras personas como una forma de sustituir nuestra dependencia de Dios. En lugar de volvernos hacia El, o hacia el Espíritu Santo, en busca de solución para nuestro percibido problema de carencia, de culpa y de odio de nosotros mismos, tratamos de rodearnos de relaciones de amor especial que nos “ p rotegerán ” de tener que hacer frente a esta culpa. Un curso de milagros comenta:

No hay nadie que venga aquí que no abrigue alguna esperanza, alguna ilusión persistente o algún sueño de que hay algo fuera de sí mismo que le puede brindar paz y felicidad. Si todo se encuentra en él, eso no puede ser verdad. Y así, al venir a este mundo, niega su propia verdad y se dedica a buscar algo que sea más que lo que es todo, como si una parte de ese todo estuviese separada y se encontrase donde el resto no está. Este es el propósito que le confiere al cuerpo: que busque lo que a él le falta y que le provea de lo que le restauraría su plenitud. Y así, vaga sin rumbo, creyendo ser lo que no es, en busca de algo que no puede encontrar (T-29.VII.2).

Sin embargo, estas relaciones jamás deshacen nuestra culpa verdaderamente; más bien, la relación de amor especial hace la culpa real en nuestras mentes al hacer real la necesidad de desarrollar relaciones de dependencia las cuales nos defenderán de la angustia de nuestra culpa. Utilizamos a otros como una cubierta de modo que ya no tengamos que experimentar conscientemente la angustiosa presencia de la culpa. Nuestro “amor” por otro se contamina de ese modo al tener nosotros la necesidad de que otros nos provean un concepto del yo más aceptable que sea lo opuesto de la inaceptable imagen horrible la cual no soportamos tener que mirar. Esa es la razón por la cual Un curso de milagros afirma que el amor sin ambivalencia es imposible en este mundo (T-4.III.4:6). Las atracciones que sentimos por otras personas están coloreadas por esta necesidad inconsciente de depender de que le agrademos a los demás y de recibir su aprobación— como niños, padres, amantes, cónyuges, discípulos, terapeutas, amigos, compañeros de trabajo, etc. Nuestro amor por los demás, por lo tanto, no es por Quiénes son—el Cristo— sino por lo que ellos pueden hacer por nosotros en términos de satisfacer nuestras necesidades egoístas, en cualquier forma que simbolice la satisfacción de mi exigencia inconsciente de que se me proteja de mi culpa. Es así cómo este amor es condicionado por la capacidad de las personas de convertirse en esta cubierta de amor especial para nuestra culpa. El amor especial cambia rápidamente a su odio subyacente, no obstante, cuando ya no se satisfacen nuestras necesidades. Como enseña la psicología: La dependencia engendra desprecio. En otras palabras, te amo mientras cumples con mis expectativas y satisfaces mi necesidad; pero tan pronto dejas de satisfacer esta necesidad i.e., o bien porque cambias o porque mis aparentes necesidades cambian—la culpa comienza a aflorar en mi mente consciente. Siguiendo el plan de salvación del ego, mi experimentado miedo y mi ansiedad me llevan a culparte por mi incomodidad. Te has convertido, pues, en la causa de mi infelicidad, y has cambiado tu papel de salvador por el de enemigo. El amor especial se ha tornado en el odio que siempre fue, y ahora tengo una justificación para descartarte como “socio en el amor” y buscar otro: “Siempre es posible encontrar otro” (L-pI.170.8:7). Todo el mundo en este planeta ha experimentado este dilema pues ninguno de nosotros se escapa de la más fundamental de todas las relaciones de amor especial o dependencia, aquella de un niño con sus padres, reales o substitutos. Para resumir la dinámica de las relaciones de amor especial, utilicemos la siguiente imagen: Imaginen un armario en el cual se guarda la culpa aterradora que no podemos decidirnos a mirar. Nuestras mentes conscientes están en la habitación fuera del armario, y no quieren saber de esta oscuridad psicológica. La puerta del armario sirve para detener y mantener ocultos al pecado y a la culpa tan temidos. Es, pues, imperativo que esta puerta permanezca herméticamente cerrada, no sea que nuestra culpa se escape hacia la conciencia y nos obligue a lidiar con su dolor y su angustia. El armario, por lo tanto, representa al inconsciente donde se mantienen “los pecados secretos y odios ocultos” (T-31.VIII.9:2). La relación de amor especial es la puerta que nos “protege” de tener que mirar el interior del armario de nuestras mentes y contemplar el pecado y la culpa que el ego nos dice que nos destruirá. En conclusión, nuestras relaciones especiales son mini guerras en las cuales creemos que estamos luchando en contra del enemigo externo para protegernos del enemigo interno. En todas ellas, “no haces sino revivir ese instante en el que la hora del terror ocupó el lugar del amor” (T-26.V.13:1). Es así como todas y cada una de las relaciones especiales se convierten en espantosos recordatorios de aquel instante de la separación cuando creímos, en nuestra locura, que habíamos asesinado a Dios y a Cristo, y nos habíamos apoderado del trono de la creación. La absoluta demencia de tal sistema de pensamiento está pintorescamente caracterizada en el siguiente pasaje:

¿No te das cuenta de que una guerra contra ti mismo sería una guerra contra Dios? Y en una guerra así, ¿es concebible la victoria? Y si lo fuese, ¿la desearías? La muerte de Dios, de ser posible, significaría tu muerte. ¿Qué clase de victoria sería ésa? El ego marcha siempre hacia la derrota, porque cree que puede vencerte. Dios, no obstante, sabe que eso no es posible. Eso no es una guerra, sino la descabellada creencia de que es posible atacar y derrotar la Voluntad de Dios. Te puedes identificar con esta creencia, pero jamás dejará de ser una locura. Y el miedo reinará en la locura, y parecerá haber reemplazado al amor allí (T-23.I.2:1-10).

Todas nuestras relaciones especiales son, pues, ejemplos de la mentalidad del grupo intermedio la cual se fundamenta en la percepción de “chicos buenos” (amor especial— nosotros y nuestros aliados del grupo intermedio) y “chicos malos” (odio especial— grupo sombrío). Nos aliamos con quienes apoyan nuestra necesidad de proyectar sobre un enemigo que se percibe fuera de nosotros. Nuestros compañeros de amor especial hacen posible de ese modo que nos sintamos bien con nosotros mismos y que neguemos nuestros sentimientos subyacentes de odio de nosotros mismos, mientras que nuestros compañeros de odio especial nos proveen la justificación para que veamos nuestro odio en el exterior. Esta dilema parece irremediablemente insoluble, puesto que nuestra culpa inconsciente nos incita continuamente a formar esta “interminable e insatisfactoria cadena de relaciones especiales” (T-15.VII.4:6). Estas sólo refuerzan la culpa subyacente, y conducen a un aparentemente interminable ciclo vicioso del cual no parece haber salida.

Continuamente acuciados por la salvaje locura del ego de protegernos de nosotros mismos, le declaramos la guerra al mundo, a veces abiertamente (odio especial), y a veces bajo la apariencia del amor (amor especial). Detrás de cada ataque está el Padre salvaje que inventamos, en contra de cuya venganza, creemos en nuestra locura, nuestras relaciones especiales nos proveen defensa. Mas detrás de este salvajismo inventado de Dios hay aún una Figura final: nuestro Creador amoroso Quien jamás ha acallado Su Llamada para despertarnos de nuestro sueño demente. Es Su Amor el que el amor del ego oculta, pero el cual espera pacientemente porque elijamos el perdón que nos retornará a la Cordura.