El criador de luciérnagas


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El criador de luciérnagas es un encantador divertimento sobre el arte de envejecer, la longevidad y el inevitable y espontáneo reordenamiento que la memoria humana lleva a cabo para ajustar la última etapa de la vida a eso tan fugaz, voluble y fino que llamamos identidad. Cuando cumple los cien años, el criador de luciérnagas y bailarín de claqué Paul Quicksilver decide dejar el circo en el que ha trabajado más de medio siglo. Para homenajearlo, sus amigos organizan una fiesta y le obsequian un hermoso animal que es mitad cebra y mitad potro. Con él, Paul emprende un viaje a su pueblo natal.

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Libro impreso


El criador de luciérnagas

  • Libro disponible

Autor:

ISBN: 978-84-937274-7-5

Páginas: 180

Publicado por: El grano de mostaza S.L.

Peso: 271 gr.

Alto: 210 mm.

Ancho: 140 mm.

Grueso: 1 mm.

Idioma: ES

Formato: Tapa blanda

Formato (USA): Paperback

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Extracto de El criador de luciérnagas


I

—Nuestro estómago —solía decir mi abuela Lua— vive de lo que desaparece; nuestros ojos, de lo que se resiste a morir. Sin duda es a ella a quien debo mi longevidad, el lenguaje elíptico y la pasión por la danza. Después de la lluvia me llamó a su vieja cabaña junto al río, mordió su pipa amarilla, escupió al suelo, me abrazó fuerte y agregó: —Escucha, Paul, pequeño mío, tus caminos serán largos y tu corazón voluble como el de nuestros antepasados en África. Toma estas siete llaves por si algún día, dentro de muchos años, regresas a Memphis. La señora Margaret me regaló su viejo y ruinoso caserón de techos altos diciéndome que me lo dejaba como prueba de su afecto. Nunca entré en él, me asustan los fantasmas y prefiero esta silla desvencijada a sus muebles franceses. El día en que lo visites será también el de tu máxima revelación. Ahora tengo los mismos años que ella, la abuela Lua, cuando murió. He dejado el circo hace menos de un mes en compañía de mi querida Half, la cebrayegua, y me encamino hacia el sur. ¡Cien años, sí señor! Para muchos, una enormidad, pero para mí, el criador de luciérnagas Paul Quicksilver, una bagatela. Por supuesto que hay un misterio en el hecho de que haya vivido tanto tiempo, tenido tantos amores y visto más cadáveres de los que cualquiera puede soportar. Me refiero, por supuesto, a los desastres de la guerra. Amo estos caminos abiertos a los que el viento peina y despeina a voluntad. Amo esta América casi siempre ingrata con sus hijos y siento, bajo cualquiera de mis muchas arrugas, los ríos y los animales de África, el rugido de los leones y el reclamo amoroso de los pájaros, el sueño del guepardo y el silencio de las jirafas. —La belleza no come lo que ansía —prosiguió mi abuela, cuyos dos inolvidables dientes eran lo único que le quedaba para masticar—, el hambre destruye lo que admira. Lua no sabía leer ni escribir, era supersticiosa y lista. Mi abuelo había muerto en sus brazos tras un severo castigo de su amo. Carecía de resentimientos y, apenas se enteró de que yo sí sabía leer, llenaba, en las noches de verano, una botella de luciérnagas para que la ilustrase con cien historias y fábulas a la luz verdosa de esos insectos que pasarían a ser, con el tiempo, una de mis mayores pasiones. Las atrapaba con una velocidad pasmosa, seduciéndolas con canciones de consuelo. Ni que decir tiene que tras la lectura, y cuando ya las pobres criaturas comenzaban a palidecer, me obligaba a soltarlas sobre la hierba mojada por el sereno. Me explicaba que no debía temer por ellas, que el contacto con la tierra les devolvería el valor para seguir alegrando nuestras noches. Ah, Lua, entrañable abuela.