El perdón y Jesús (3) Kenneth Wapnick


Autor: Kenneth Wapnick | Fecha: 21 marzo, 2016

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Los problemas en las relaciones, por lo tanto, siempre son proyecciones de los problemas de culpa dentro de cada uno de los individuos involucrados. En lugar de ver la culpa interior, las parejas eligen verla en cada cual. La duplicidad inconsciente de estas maquinaciones impide que ocurra cualquier curación verdadera. El deseo de terminar una relación que se ha tornado tensa puede ser a veces una tentación de no aprender las lecciones de deshacimiento de culpa que el Espíritu Santo ha suministrado. El miedo a la paz que el perdón trae consigo es demasiado grande, y nos parece que no tenemos otro recurso excepto seguir al ego y buscar repetidamente la comodidad en las relaciones especiales.

Sin embargo, esto no significa necesariamente,  que todas las relaciones deben ser inquebrantables en su forma. Una relación puede caer dentro de la segunda categoría que analizamos antes: “una relación más prolongada en la que, por algún tiempo, dos personas se embarcan en una situación de enseñanza-aprendizaje bastante intensa, y luego parecen separarse” (M-3.4:3). De ese modo, dos personas, de momento pueden haber logrado, todo lo que les correspondía aprender y enseñar, o pueden decidir no ir más lejos en el aprendizaje, sólo para completarlo más tarde. Así pues, el matrimonio puede terminar en divorcio, los compañeros de colegio pueden separarse después de la graduación, etc. No nos corresponde a nosotros juzgar estas situaciones. El Espíritu Santo no evalúa conforme a la forma, sino al propósito. Si se ha cometido un error, i.e., se ha buscado la dirección del ego, el Espíritu Santo lo corregirá. Si se ha hecho Su Voluntad, Él la apoyará. Sólo se nos pide que hagamos lo mejor que podamos al tratar de escuchar Su Voz. Si hemos seguido la Voz de la verdad, no importa la forma en que pueda evolucionar la relación, la unidad de los Hijos de Dios permanecerá en nuestra conciencia: “A quienes Dios ha unido como uno, el ego no los puede desunir” (T-17.III.7:3). De ese modo, las lecciones de perdón se habrán aprendido y la paz será el resultado. La culpa proyectada hace que esta paz sea imposible.

Por lo tanto, ninguna relación puede sanarse sin que se preste atención a este problema de culpa. Sin embargo, no es necesario que ambas partes elijan hacerlo. El perdón es un proceso que ocurre en la mente de uno, puesto que es ahí donde se encuentran los pensamientos de separación y de culpa. Todo lo que se requiere es que uno de los dos pida ayuda para efectuar el cambio. Se necesitan dos para estar de acuerdo en la separación, pero sólo una mente sana para corregirla [deshacerla]: “El que esté más cuerdo de los dos en el momento en que se perciba la amenaza, debe recordar cuán profundo es su endeudamiento con el otro y cuánta gratitud le debe, y alegrarse de poder pagar esa deuda brindando felicidad a ambos” (T-18.V.7:1). Cuando una pareja tiene problemas, a menudo es uno de los dos quien debe dar el primer paso. El que esté más cerca de reconocer la verdadera fuente del conflicto debe estar dispuesto a cambiar de una actitud de hallar faltas a una de perdón, y ver los errores de la pareja como una petición de ayuda. Esto puede hacerse únicamente al darse cuenta de que la ayuda que se le ofrece a esta pareja en particular es la misma que Dios le ofrece a uno mismo. Reconocemos que la infelicidad no es atribuible a circunstancias externas sino a la interrumpida relación con Dios (la separación).

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