La cuestión del divorcio


Autor: Kenneth Wapnick | Fecha: 27 abril, 2016

La cuestión del divorcio (El perdón y Jesús) 2

La cuestión del divorcio, es un extracto del libro El Perdón y Jesús.

También se dijo: El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio. Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la hace ser adúltera y el que se case con  una repudiada, comete  adulterio.

(Mt 5:31-32)

Esta enseñanza se amplía más tarde en el evangelio: “lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mt 19:6).

Algunas formas de cristianismo por tradición han enseñado que debido a estas palabras era contrario a la ley de Dios que cualquier matrimonio terminara en divorcio. Ay de aquellos que se divorciaran pues, en el nombre de Dios, los excluían y hasta los excomulgaban. En lugar de deshacer el pecado y la culpabilidad –el único propósito de Jesús– esta enseñanza se convirtió en un instrumento para reforzarlos.

Prohibir algo lo hace real, y le atribuye un poder que no tiene. No existe matrimonio que en un momento dado no haya pensado –consciente o inconscientemente– en poner fin a la relación, la culpabilidad por estos “pensamientos pecaminosos” es inevitable y se convierte en parte de la relación. Así, el hombre que vino a enseñarnos que Dios proporciona misericordia y Amor, al parecer Sus palabras se convirtieron en el medio para enseñar castigo, siendo impartido por otros en el nombre de la justicia divina. El Curso recalca que la justicia separada del amor no es justicia, la que sólo puede conocerse a través del perdón. Aunque nunca podremos saber por qué Jesús impartió esta enseñanza, si es que lo hizo, lo que sí sabemos es que jamás pudo haber tenido la intención de que semejante enseñanza añadiese dolor a la humanidad.

Lo que ha ocurrido es otro infortunado ejemplo de recalcar la forma, ignorando el contenido subyacente. Por consiguiente, personas bien intencionadas, creían cumplir con la ley de Dios con el control de la conducta, sin percatarse de que eran sus pensamientos los que necesitaban corrección. Igual que los fariseos, que hipócritamente creían que sus problemas estaban resueltos, mientras el verdadero problema de la culpa permanecía intacto, aunque ya no lo percibían. Esta culpabilidad negada con éxito, frecuentemente se proyectaba al juzgar a otro por lo que ellos inconscientemente creían que eran sus pecados.

Dios no creó un mundo de forma, sino uno de espíritu. Puesto que el matrimonio es forma, no pudo haber sido creado por Dios y por lo tanto Él no podía prohibir su disolución. Creer lo contrario es darle a la forma un significado que no tiene, y elevarla a la altura de lo sagrado o lo divino. Esto sirve al propósito básico del ego, hacer que veamos verdad en el mundo de la forma, y que se obscurezca la fuente real de la verdad que es la mente. La mente es el hogar del Espíritu Santo, cuya función es reinterpretar el mundo que hicimos real, corrigiendo el pensamiento de la mente errada de modo que recordemos el mundo de la realidad que Dios creó.

Estas enseñanzas de Jesús se entienden mejor refiriéndose al principio espiritual subyacente de que Dios ha unido a toda la humanidad en la creación, y que ninguna creencia ilusoria en la separación puede dividir la realidad propia como parte de Cristo, el Hijo uno de Dios. No debemos dividir a quienes Dios ha unido porque no podemos. La versión que ofrece el Curso de este pasaje bíblico, como hemos visto antes, es: “A quienes Dios ha unido como uno, el ego no los puede desunir” (T-17.III.7:3).

A pesar de los intentos del ego por destruir u opacar el amor que Dios nos dio al crearnos, en realidad este amor nunca puede cambiarse o deshacerse. El principio de Expiación niega la aparente realidad de que estamos separados. El himno de San Pablo al Amor de Dios es aquí particularmente apropiado:

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?… Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Rm 8:35, 38-39).

El Amor de Dios se hace patente cuando se ve al Cristo en la pareja, a pesar de la decisión de no quererlo ver y de pasarlo por alto siempre está presente. Nunca podemos separarnos de él, y creer que podemos es afirmar una realidad que contradice la amorosa Voluntad de Dios. En este sentido, simplemente hemos reproducido el pecado de Adán y Eva al contradecir a Dios, reforzando la culpa debido a lo que creemos que hemos hecho.

El equivalente de la unión de Dios en el Cielo es la unión del Espíritu Santo en la tierra para servir el propósito del perdón. Esta unión ofrece a las personas oportunidades para minimizar el amor especial del ego de modo que el Amor de Cristo sea su único propósito y realidad. Así el significado del amor se extiende más allá de las leyes del matrimonio para incluir a todas las relaciones que fluctúan desde las más superficiales hasta las de toda la vida. El Amor de Cristo ha sido bendecido y asegura el éxito de todas las relaciones. Sin embargo somos libres a fin de decidir cuándo aceptaremos la bendición y el propósito de perdón .

Una vez el ego nos ha convencido de que el problema se encuentra en la relación física y no en las mentes de las personas involucradas en la relación, a éste no le importa si la incómoda relación física se termina o simplemente se tolera. De una u otra manera el ego emerge triunfante puesto que la culpa subyacente se esconde debajo de la ira o de la inocente lástima a sí mismos.

Cuando el ego “rompe” una relación, ha triunfado en tender un señuelo o cortina de humo que nos hace creer que la culpa está en el prójimo, en la relación o en cualquier otro lugar o circunstancia, excepto en nosotros mismos. De ese modo se “protege” el propio problema básico de culpabilidad al exteriorizarlo sobre la relación. Esto conduce a la creencia mágica de que al terminar con la relación (bien sea a través del divorcio o de otro medio), uno ha puesto fin al problema. Es la razón por la que en numerosas ocasiones la gente pasa de una relación a otra, siempre en busca de la “relación perfecta” que esperan terminará con sus problemas. Cuando se busca la paz y la  felicidad en alguien, nunca se llega a reconocer que la única esperanza de paz radica en Dios. Por otra parte, podemos proteger la culpa al permanecer en una relación que el Espíritu Santo quisiera que abandonásemos, “disfrutando” de manera masoquista siendo la víctima inocente, o haciéndose el santurrón creyendo que semejante dolor es el sacrificio que Dios exige para la propia salvación.

Cualquiera que sea el camino escogido por el ego, se niega el propósito del Espíritu Santo y es en la negación donde se encuentra la culpa, no en la forma específica que se elige para el propósito del ego. A pesar de la forma de resolución del ego por la culpa, no es un pecado que deba castigarse sino un error que se debe corregir a través del perdón que procede del Espíritu Santo. Él ve en la pareja la ayuda para aprender la verdad del Amor de Dios, pero si esta vez somos incapaces de aprender la lección, nos suministrará otras oportunidades hasta que finalmente aprendamos lo que Dios nos ha asegurado que aprenderemos.

De modo que, cualquier culpabilidad que no se deshaga en una relación, se repetirá, este es el autentico mensaje de las enseñanzas de Jesús sobre el divorcio.

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