Extraído del libro de Enric Corbera Encuentros con mi alma
A la arrogancia también se la conoce como soberbia. No tenemos que confundirla con la autoestima y la confianza en uno mismo. Confiar en las capacidades personales no es un defecto; al contrario, es saludable y beneficioso para la persona.
La arrogancia y su amiga la soberbia suponen un exceso de este sentimiento de confianza en uno mismo. La arrogancia se atribuye una importancia desmedida basada en su autoimagen. Discutir con alguien que rara vez admite sus errores y desprecia cualquier argumento ajeno puede llegar a ser desesperante. Muchas veces las personas soberbias se creen «todopoderosas»; quieren alimentar su ego a costa de los demás.
La arrogancia está asociada con su amiga la prepotencia. El sujeto prepotente tiene una valoración excesiva de sí mismo.
Nuestro héroe se encuentra en una especie de plazoleta y se da cuenta de que tiene varias salidas, como si fueran pasadizos. En el centro de esta plaza la luz es muy clara y está rodeada por sombras que se rompen a la entrada de cada túnel iluminado. Ya no se pregunta de dónde sale la luz. Sigue siendo consciente de que todo es una proyección de su inconsciente, y de que lo que ve es como una pantalla tridimensional, un holograma de su propia psique.
Se dice a sí mismo: «Esto está fácil, ha sido un pequeño susto, pero ya está. Todo es mente, todo es proyección. No tengo que olvidarme de ello».
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