Ira, un episodio en la Biblia que la justifica

Ira, un episodio en la Biblia que la justifica

La ira, un episodio en la Biblia que la justifica.

(Se recomienda leer primero el artículo que le precede)

Los textos del Antiguo Testamento relacionados con la ira y el incidente del Templo

Quizás, la característica más destacable cuando recordamos a Jesús es la de su conciencia constante como Hijo de Dios, su Paz al recordar en todo momento su indisoluble vínculo con el Padre —su ausencia de culpa—. Experimentando sin fisuras la conexión con Dios, él sabía que la separación es imposible, lo imposible no ha ocurrido, como dice el Curso.

¿Perdió Jesús durante quince minutos esa conexión? El supuesto incidente de la ira asociada a la expulsión de los mercaderes del Templo ha sido la justificación para todo tipo de atrocidades cometidas por la Iglesia, aludiendo que el propio Hijo de Dios, cuando lo creyó oportuno, mostró cólera y atacó en nombre de la justicia divina. Este comportamiento está en clara oposición a las normas de conducta que resaltó en el Sermón de la montaña y con la máxima de predicar con el ejemplo.

En el Sermón de la montaña, los Capítulos 5 y 7 de Mateo, en el 5 Jesús elige seis normas de conducta y las amplía: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento». (Mt 5:17)

«Habéis oído que se dijo… Pues yo os digo».

Habéis oído que se dijo a los antepasados: no matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: todo aquel que se encolerice contra su hermano será reo ante el tribunal. … Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda (Mt 5:21-24).

Jesús está enseñando que no es suficiente con abstenerse de matar; no debemos ni siquiera enojarnos. Si albergamos agravios contra los semejantes que nos perturban, la paz mental es imposible y no podemos acercarnos al altar de Dios.

Más adelante, Jesús continúa con esta enseñanza cuando dice:

«Si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6:14-15).

La decisión de aferrarnos a la ira, de justificar los agravios contra otro, es realmente una decisión de aferrarnos a la culpabilidad por creernos separados de Dios. Kenneth Wapnick nos dice:

Esta forma de defensa es suficiente para mantenernos en un «estado de pecado» —separados de Dios— pues esto es lo que la culpa sustenta. Como enseñaba Santiago: «Porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios» (St 1:20); y Pablo: «No se ponga el sol mientras estéis airados» (Ef 4:26). Cuando nos enfadamos, todo el Amor del Cielo no penetra en esta prisión del ego. Estamos solos en nuestras mentes enajenadas, enemistados con el mundo y con Dios, sin reconocer nunca la verdadera causa de esta experiencia de aislamiento: nuestra decisión de no perdonar y, por consiguiente, permanecer inexorables, en un estado de pecado y de culpa.

Pero lo que él promulgó fue todo lo contrario, siendo su enseñanza más destacada: el perdón a los enemigos.

Por lo tanto, la enseñanza de Jesús sobre la ira está en contradicción con la conducta que se le atribuye cuando echa a los cambistas del Templo.

Habéis oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda.

Habéis oído que se dijo: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial (Mt 5:38-48).

Ofrecer la otra mejilla y amar a los enemigos

Jesús explica con profusión los dos textos del Antiguo Testamento, siendo quizás sus enseñanzas más conocidas sobre el perdón: ofrecer la otra mejilla y amar a los enemigos. En el primero, Jesús enseña que no debemos ofrecer resistencia al enemigo. En lugar de la vieja ley del ojo por ojo, de desquitarnos por lo que otro nos ha hecho, se nos dice que ofrezcamos la otra mejilla. Ante una exigencia poco razonable, responderemos dando el doble de lo que se nos pide: el manto e incluso la túnica, caminaremos dos millas en vez de una.

Estas son las enseñanzas que promulgó, y las demostró con el mayor ejemplo que se pueda dar —la ira nunca está justificada—, y lo dio al final de su vida, cuando ningún hombre habría tenido mayor justificación para enfadarse ante los agravios perpetrados en el calvario que él llevo con total indefensión.

Wapnick, Kenneth (2010) El Perdón y Jesús, Barcelona. El Grano de Mostaza Ediciones

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