Fragmento 3 de Padres e hijos del Dr. Kenneth Wapnick


Autor: Kenneth Wapnick | Fecha: 2 junio, 2014

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En el folleto de «Psicoterapia» se encuentra una expresión mordaz de estos conceptos, parte de la cual ya hemos examinado y comentado:

Los que no perdonan están enfermos, pues creen que ellos no han sido perdonados. El asirse a la culpa, el abrazarla estrechamente y cuidarla, el protegerla con amor y el mantener en alerta su defensa, todo esto no es otra cosa que una implacable negativa a perdonar. «Dios no puede entrar aquí» repiten los enfermos, una y otra vez, mientras lamentan su pérdida y, sin embargo, se regocijan en ella. La sanación ocurre a medida que un paciente comienza a escuchar el canto fúnebre que entona y a cuestionar su validez. Hasta que no lo escuche, no puede entender que es él quien se lo canta a sí mismo. Escucharlo es el primer paso en la recuperación. Cuestionarlo tiene que convertirse entonces en su elección (P2.VI.1:28).

Nos aferramos a nuestra culpa; la abrazamos con fuerza, la cobijamos, le damos amorosa protección y la defendemos. Luchamos fuertemente contra cualquiera que nos la quite. En el contexto de la pregunta anterior, no queremos que se nos diga que somos lo suficientemente buenos, porque, si lo fuésemos, no estaríamos aquí; el no serlo es la base de nuestra existencia separada y culpable.

Ser «suficientemente buenos» significa que hemos vuelto a Dios, porque ahora somos parte de lo Bueno (el término de Platón para lo Supremo o Absoluto). Somos parte de Dios porque Dios es perfecta Bondad, lo que significa que no somos nuestros yoes del ego. No obstante, para que este yo pueda continuar, tenemos que sentir «que no somos suficientemente buenos». Repito, es irrelevante que nuestras calificaciones sean sobresalientes o suspensos; tanto si nos falta un milímetro como un kilómetro para llegar al Cielo, seguimos estando fuera del Cielo.

Los enfermos lloran la pérdida de su amor e inocencia, y, sin embargo, se regocijan en esa pérdida. La sanación se produce cuando empezamos a darnos cuenta de que nos cantamos el canto fúnebre a nosotros mismos. Ni padres ni genes ni vidas pasadas, nadie nos hizo así. La decisión de nuestra mente —ahormismo— nos hizo así. Esto significa que solo nosotros tenemos el poder para elegir el canto fúnebre u otro canto en su lugar. Una vez más, hay que ver nuestro interés por no ser lo suficientemente buenos y, luego, ver la validación de este juicio en todo lo que nos rodea. Las imperfecciones de nuestros padres, hijos y estudiantes, de nuestro desempeño laboral y de nuestras parejas en la vida son todas naturales en este mundo antinatural, pero no son responsables de nuestras imperfecciones.

Dr. Kenneth Wapnick

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