Fragmento 2 de Padres e hijos del Dr. Kenneth Wapnick


Autor: Kenneth Wapnick | Fecha: 2 junio, 2014

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterPin on PinterestPrint this pageEmail this to someone

La pregunta que cada uno debe plantearse es: «¿Por qué estamos tan desequilibrados como para desear este abuso, aunque sea inconscientemente?». La respuesta es que si algo anda intrínsecamente mal en nosotros, lo que a su vez significa que la perfección del Cielo es una mentira, alguien nos hizo así. Por lo tanto, al ver la prueba de nuestra imperfección —por virtud de la de nuestros hijos o estudiantes, o de nuestros propios fracasos—, afirmamos nuestra existencia sin ser responsables de ella. De ahí, los tremendos intereses que depositamos en ella y nuestra necesidad de no soltarla. Consecuentemente, para que este pensamiento se sane, tenemos que reconocer con toda honestidad que hemos elegido esta percepción.

Así que valoramos la culpa como un tesoro y queremos que nos ocurran cosas malas, aunque juremos que no es así. Nos quejamos de la mezquina mano de cartas que Dios o la suerte nos han repartido —de nuestra miserable suerte en la vida—, pero, en secreto, la deseamos. Por eso, seguimos tocando la misma tonada con tanto deleite para el ego. Si bien conscientemente pensamos que somos infelices, inconscientemente queremos que nuestros hijos se comporten mal, que caigan en acting out y que fracasen. El gran provecho para el ego, que derivamos de esto, demuestra nuestro deseo oculto; de lo contrario, simplemente diríamos: «Lo he hecho lo mejor que he podido como padre o como maestro, pero no puedo elegir por ellos. Esto se acercaría más a la verdad de la situación, pero, en lugar de eso, nos atribuimos el fracaso porque, si es nuestro, eso significa que algo anda mal en nosotros, algo que en última instancia atribuimos a algún otro, librándonos así de la culpa que nos tiene enganchados al ego.

La famosa frase de Thoreau, «la mayoría de los hombres llevan una vida de callada desesperación», es verdad, porque queremos llevar vidas de callada desesperación. Queremos que el mundo y nuestras vidas personales sigan su curso fatigosamente, como lo hace la figura antes mencionada que se describe en la Lección 166. Queremos que las cosas sean terribles y sentir que nuestras vidas han sido un desperdicio —que nosotros somos un desperdicio, «la morada de la maldad, de las tinieblas y el pecado»—, porque eso prueba que estamos aquí. Por más miserable que sea, es nuestra vida; hay una vida en el mundo fuera de Dios, que no es culpa nuestra.

Dr. Kenneth Wapnick

Palabras clave: , , , ,

Comentarios Comentarios de este artículo

Deja un comentario

Nota: Los comentarios tendrán que ser aprobados antes de que se visualicen