Episodio en la Biblia que justifica…

Episodio en la Biblia que justifica…

Episodio controvertido de Jesús que parece un tanto desfigurado en el Templo, cuando se le atribuye la expulsión de los mercaderes.

Un episodio en la Biblia que justifica el enfado, la ira y el ataque.

Existe un episodio en la Biblia que siempre me llamó la atención, la descripción de este episodio parece contradecir completamente el comportamiento habitual de Jesús y las enseñanzas que él venía impartiendo tanto a las gentes de Galilea como al círculo más íntimo de sus discípulos. Hasta ahora, los diferentes ejemplos que nos había mostrado reflejaban una coherencia total en todos los sentidos y por eso lo identificamos con el apropiado título de Príncipe de la Paz.

Aquí, la enseñanza de Jesús sobre la ira parece estar en clara contradicción con su conducta. El episodio se produce en un momento avanzado de su misión desarrollada en Palestina, poco antes de su entrada final en Jerusalén, cuando echa a los cambistas del Templo. Marcos describe el incidente de esta manera:

Llegaron a  Jerusalén; y entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo. Y les enseñaba, diciéndoles: «¿No está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las gentes? ¡Pero vosotros la tenéis hecha una cueva de bandidos!» (Mc 11:15-17)

En este “incidente”, las acciones de Jesús parecen reflejar las de un hombre presa de la ira, pero si leemos detenidamente el relato de esta escena, en ningún lugar de los cuatro evangelios nos dice que Jesús estuviera enfadado ni con los mercaderes ni con los cambistas. Los relatos simplemente describen su comportamiento o acciones y por lo menos hay tres maneras de entender este episodio:

1) La escena que se describe en los Evangelios no ocurrió de esa manera

Los expertos bíblicos dedicados al estudio del Jesús histórico han demostrado que los primeros cristianos que constituyeron la Iglesia tenían una visión sesgada y, como grupo perseguido y posteriormente perseguidor, incorporaron mucho material de su propia cosecha en los Evangelios. La Iglesia primitiva interpretó en las acciones y palabras de Jesús lo que necesitaba escuchar como grupo. Las duras recriminaciones a los escribas y fariseos que se encuentran en el vigésimo tercer capítulo de Mateo son un buen ejemplo. (Mt 23: 13-29) Palabras como “hipócritas”, “guías ciegos”, “insensatos”, “necios”, “sepulcros blanqueados” y, en (Mt 12: 34), “Generación de víboras”. Todas estas descripciones calificativas son atribuidas a Jesús, que se supone las pronunció al dirigirse a ellos.

Resulta muy difícil concebir al Príncipe de la Paz y mensajero de la piedad y del amor de Dios expresándose de ese modo.

En el caso de la escena del templo, es posible que la Iglesia primitiva ampliara los detalles de un incidente como ese, y los pusiera en boca de Jesús para poder verbalizar la acusación que ellos, los cristianos, deseaban expresar en contra de los judíos. Así justificaron su propia necesidad de percibir en otros la falta de entendimiento del plan de Dios.

2) El incidente ocurrió tal como se describe, pero tiene una interpretación diferente

La escena en los evangelios ocurrió como se describe, pero ¿estaba Jesús enfadado? Analicemos las características de la respuesta que las personas experimentamos cuando nos arrastra la ira. Kenneth Wapnick nos dice:

Primero, en el instante en que nos sentimos enfadados, hay ausencia de paz: la ira y la paz son estados mutuamente excluyentes; segundo, cuando nos enojamos, Dios es la cosa más alejada de nuestra mente: toda la atención se centra en el objeto blanco de la ira; y tercero, los objetivos de nuestra irritación se perciben como enemigos, separados de nosotros por la ira. Así los perdemos de vista como nuestros hermanos y hermanas, unidos como una familia en el Amor de Dios.

En este episodio se describe a Jesús, en un momento avanzado de su misión, a punto de enfrentarse con total indefensión al calvario que poco después acontecería, se enfada, tira las mesas y reprende a los que allí comercian, parece un tanto inconcebible que las tres características que describe Wapnick sean aplicables a Jesús, especialmente en un momento tan avanzado de su vida. ¿Dónde fue a parar la  paz que le definía y que atraía a sus seguidores como halo redentor, donde se palpaba la presencia amorosa del creador? ¿No era plenamente consciente Jesús de la presencia del Padre y de la misión que le había encomendado? ¿Se sentiría Jesús separado de la gente a la que había venido a ayudar y a los que amaba como hermanos e hijos de un mismo Padre?

Supongamos que Jesús no estaba enojado y que vemos una versión que encaja más con la imagen anterior que de él nos describen los evangelios. ¿Qué fue lo que en realidad ocurrió en el Templo?

Como todos los buenos maestros, Jesús presentaba las lecciones del modo adecuado para que se pudieran aprender mejor. Él adaptaba las lecciones al público presente y pudiera ser que en el Templo, ante las multitudes y para que tuviese un impacto mayor, enseñara a la gente una lección de una forma apropiada a las circunstancias. Los evangelios ofrecen muchos ejemplos de Jesús hablando de una manera a las multitudes y de otra bien distinta a los individuos. Su manera de dirigirse a la gente podía parecer ruda, mientras que cuando lo hacía a una persona en concreto era compasivo. El ejemplo se comprueba claramente cuando recordamos nuestros días como alumnos, cuando en clase un maestro presentaba las lecciones de cierta manera a un grupo de cuarenta alumnos y de otra muy distinta a un pequeño grupo de dos o tres.

Justo antes de la Pascua

La supuesta expulsión de los mercaderes del templo ocurrió justo antes de la Pascua, en un tiempo en que la tradición religiosa judía exigía que los habitantes del país asistieran al templo para cumplir con los ritos de adoración al mismo, por lo que se congregaban miles de personas en Jerusalem.

Frente a estas multitudes, Jesús tenía que adoptar una actitud enérgica y dramática con gestos atrevidos para captar la atención e impartir el mensaje. Obviamente, a la vista de las circunstancias se había malinterpretado lo que la adoración era pues el templo se utilizaba como marco para el comercio. Admitamos que los hechos ocurrieron tal y como se describen en los evangelios canónigos. Esto no implica que Jesús estuviera enojado con los cambistas y mercaderes, sus acciones estaban motivadas por el amor y mostraban, de la manera más eficaz posible a sus hermanos, el auténtico significado del templo como casa de oración para recordar el genuino uso de la adoración.

 3) Jesús como humano se enfada

Aunque aceptemos esta tercera alternativa, es decir, ver la ira en él como prueba de su mundanalidad y de que en efecto poseía un ego, prevalece la pregunta: ¿Por qué queremos identificarnos con su ego, cuando citamos este incidente como justificación de nuestra ira, de modo que nos olvidamos de todo lo que enseño? — en particular en el Sermón de la montaña, donde hace hincapié en cómo no sentirnos enfadados—.

Una de las lecciones más importantes que Jesús nos brindo y de las que su vida dio testimonio es que la ira nunca está justificada, pues la Voluntad de Dios tan solo puede ser una respuesta de perdón y amor. La separación de nuestros semejantes, o del Padre que nos creó como una familia, nunca puede estar justificada cuando la ira está involucrada en el proceso. El profeta Malaquías, cinco siglos antes que Jesús, dice «¿No tenemos todos un mismo Padre? ¿No nos ha creado el mismo Dios?» (Ml 2:10). La Voluntad de Dios tan solo puede ser una y la ira y el ataque la niegan; el perdón la afirma.

Para leer el análisis que hace Ken de este episodio bíblico, leer el capítulo 7 El perdón: Las enseñanzas.

Wapnick, Kenneth (2010) El Perdón y Jesús, Barcelona. El Grano de Mostaza Ediciones

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