El perdón y Jesús (1) Kenneth Wapnick


Autor: Kenneth Wapnick | Fecha: 10 marzo, 2016

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Una vez tomamos la decisión de seguir a Jesús y de aprender sus lecciones de perdón, se nos envía al mundo para lidiar con lo que concierne al Padre respecto al perdón. Se nos puede denominar propiamente como apóstoles o maestros de Dios: aquellos que son enviados a los demás para que aprendan las lecciones que enseñarán ahora. La bienaventuranza “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5:9) es aquella hacia la que conducen todas las demás. Esta refleja la obra de los apóstoles en el mundo que consiste en ofrecer la paz de Jesús a aquellos que creen carecer de ella, y en recordarse a sí mismos su herencia natural como hijos del Padre.

Es imposible difundir la paz si no se posee también. Cuando uno está verdaderamente en paz tiene que extenderla a los demás, pues tal es la ley de extensión. Por lo tanto, la manera de convertirnos en pacificadores es estar en paz con nosotros mismos. El foco de interés siempre se basa en qué somos, no en qué hacemos. Sin embargo lo que refuerza la creencia en lo que somos es enseñarlo. El Curso establece como la segunda lección del Espíritu Santo: “Para tener paz, enseña paz para así aprender lo que es” (T-6.V-B). Leemos en el manual:

Enseñar es aprender,  …y por consiguiente, no existe ninguna diferencia entre el maestro y el alumno… Enseñar es demostrar. … De tu demostración otros aprenden, al igual que tú… No puedes darle nada a otro, ya que únicamente te das a ti mismo, y esto se aprende enseñando (M-in.1:5; 2:1,3,6).

Juntos recorremos el camino de la salvación: aprendemos el perdón a medida que lo enseñamos, y al haber sido perdona- dos, continuamos perdonando. La oración que popularmente se le atribuye a San Francisco puede muy bien llamarse la oración de los apóstoles:

Señor, Haced de mí un instrumento de vuestra paz: Que allí donde haya odio, ponga yo amor.

Que allí donde haya ofensa, ponga yo perdón. Que allí donde haya discordia, ponga yo armonía. Que allí donde haya error, ponga yo verdad.

Que allí donde haya duda, ponga yo la fe.

Que allí donde haya desesperación, ponga yo esperanza. Que allí donde haya tinieblas, ponga yo la luz.

Que allí donde haya tristeza, ponga yo alegría.

¡Oh, Divino Maestro, que no me empeñe tanto en ser consolado, como en consolar;

en ser comprendido, como en comprender; en ser amado, como en amar.

Pues, dando, se recibe, olvidando se encuentra, perdonando se es perdonado, y muriendo, se resucita a la Vida Eterna.

Como apóstoles de Jesús, enseñamos a los demás el perdón que él nos ha enseñado. Después de brindar una experiencia directa de perdón a los apóstoles que se encontraban reunidos en el aposento alto, Jesús los saluda y de inmediato los envía en paz a los demás para que compartan la bendición de la absolución del pecado y el deshacer de la culpa. “Como el Padre me envió, también yo os envío” (Jn 20:21). Jesús les otorga el Espíritu Santo, la Presencia interna de la Voz de Dios que les guiará, protegerá y consolará: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los  retengáis,  les  quedan  retenidos”  (Jn 20:22-23). Al ser enviados al mundo, los apóstoles tienen el encargo especifico de enseñar el perdón de los pecados que acaban de experimentar.

Un apóstol, por consiguiente, es un mensajero, enviado por Jesús a transmitir el sencillo mensaje que de cierto salva al mundo. El Curso recalca la crucial diferencia entre los mensajeros del Cielo y los del mundo. “Los mensajes que transmiten van dirigidos en primer lugar a ellos mismos. Y es únicamente en la medida en que los pueden aceptar para sí  que se vuelven capaces de llevarlos aún más lejos, y de transmitirlos allí donde se dispuso que fueran recibidos” (L-pI.154.6:2-3). El mismo mensaje que les traemos y demostramos a los demás, es lo que necesitamos escuchar y aprender. En la medida que les traemos a Jesús a los otros, reforzamos su presencia en nosotros y de ese modo aprendemos la verdad de que su promesa está siempre presente, hasta el fin del tiempo (Mt 28:20).

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